En los últimos años la palabra «narcisista» se menciona indiscriminadamente para describir a quien piensa en sí mismo, busca reconocimiento o toma decisiones que no complacen a los demás.
Sin embargo, conviene distinguir que: cuidar de uno mismo no es lo mismo que padecer un trastorno narcisista de la personalidad.
Tener la capacidad de reconocer y atender las propias necesidades, o negarse a vivir condicionado por las expectativas ajenas, tampoco debería considerarse siquiera como algunos llaman “egoísmo sano”. El respeto y el cuidado propio pueden coexistir con la generosidad, la empatía y el interés genuino por los demás.
Una persona debe poder actuar de acuerdo con sus preferencias: elegir descansar en lugar de asistir a un compromiso para el que se siente indispuesto, terminar una relación que le hace daño, reservar parte de sus ingresos para sus propias necesidades o negarse a asumir responsabilidades que no le corresponden.
Que otra persona se sienta decepcionada no convierte automáticamente esa conducta en narcisismo. Una pregunta útil para diferenciarlos sería: ¿me estoy cuidando sin desconocer los derechos, necesidades y sentimientos de los demás?
Pensemos en dos escenarios. Elena decide no prestarle dinero a su hermano por tercera vez consecutiva porque necesita cubrir sus propios gastos; se siente incómoda, pero sostiene la decisión y sigue disponible para él para apoyarlo de otra manera. Eso es autocuidado.
Leónidas, en cambio, espera que su pareja cancele sus propios planes cada vez que él necesita compañía, y si ella no lo hace, la acusa de no quererlo lo suficiente. Ahí ya no hay negociación posible: solo hay una necesidad que debe ser satisfecha sin importar el costo ajeno.
Feliciano despierta a su pareja en medio de la noche para escuchar canciones porque sufre de insomnio, sin miramientos o importar el agotamiento que le manifestó que sentía antes de irse a dormir. Esa es la línea que conviene aprender a ver.
El trastorno narcisista de la personalidad es otra cosa. El DSM-5-TR lo describe como un patrón persistente de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía que aparece desde la adultez temprana y se manifiesta en diferentes contextos.
El diagnóstico debe establecerlo un profesional de la conducta facultado para ello, aunque la presencia marcada de varios de estos rasgos puede hacer sospechar a quienes rodean a la persona que algo más profundo está ocurriendo.
Para hablar de una condición clínica, esas características deben ser persistentes, inflexibles, desadaptativos y producir un deterioro significativo.
Entre los criterios se encuentran: una visión exagerada de la propia importancia; fantasías de éxito o poder ilimitados; sentirse especialmente único; requerir admiración excesiva; esperar un trato privilegiado y anuncia a los demás que lo lograron; utilizar a otras personas para alcanzar objetivos personales; mostrar poca empatía genuina, aunque puedan ofrecer favores, regalos o encanto calculado para obtener algo a cambio; creer que otros les envidian; y exhibir actitudes arrogantes. La validación es fundamental, cualquier logro o distinción se muestra, en buena medida, para ser reconocidos por otros.
Tener alguna de estas conductas en particular no es suficiente para hablar de un trastorno. Ser vanidoso, buscar reconocimiento, cometer un acto egoísta o atravesar un momento de baja empatía puede ser un rasgo aislado, no un diagnóstico. No convierte a nadie en narcisista. Muchas personas presentan rasgos de este, o de cualquier otro tipo, sin padecer el trastorno.
Una cosa es pensar en uno mismo de forma balanceada: «yo también importo”, puedo negociar, poner límites, reconocer errores y sentir empatía. Y por otro, un narcisismo patológico: tomar la actitud de «yo debo ocupar un lugar especial y los demás deben responder a mis necesidades si no es así no seguimos adelante». Aquí aparecen con mayor frecuencia una marcada dificultad para reconocer las necesidades emocionales ajenas.
Tristemente, detrás de la aparente seguridad narcisista puede existir una autoestima frágil. Quienes padecen este trastorno suelen ser especialmente sensibles a la crítica, al fracaso o a sentirse poco reconocidos, y pueden responder con desprecio, ira, retraimiento o una actitud defensiva. Al final, priorizarse no es narcisismo cuando todavía queda espacio para reconocer, cuidar y respetar al otro.