Varias horas antes, durante y después de los juegos, en el Estadio Quisqueya Juan Marichal hay un viejo equipo fuera del terreno que, año tras año, también se prepara para ganar.
Las bebidas, calientes y frías incluidas, así como las pizzas, hamburguesas, “perros calientes”, empanadas, pica-pollos, hojuelas de maíz y otros productos que entran en el renglón de “comidas chatarras”, encabezan el menú que se ofertan a los fanáticos en la temporada.
A pesar de las campañas y reiterados consejos de los facultativos, esas “exquisiteses” forman parte de las experiencias que viven los aficionados en cada fecha del torneo, dándole un sabor especial al juego.
La decana
Griselda Valerio, quien “debutó” en la temporada de 1975-76, es la más longeva de un grupo que ha optado por ofertar whisky, ron, cervezas, refrescos, agua y hielo a los fanáticos de los palcos y preferencias debido a que deja un mayor margen de beneficio.
Con siete décadas a cuesta, en el recién concluido torneo celebró su Boda de Oro.
“Yo comencé a los 20 años vendiendo café y china fuera del estadio”, recuerda Griselda, quien les ha servido al fanático común, empresarios, funcionarios del gobierno, altos jefes militares, artistas y a estelares peloteros que no participan, pero que de vez en cuando asisten para respaldar a los conjuntos de preferencias.
Simpatiza por las Águilas, pero desde la lozanía de su juventud comenzó a sentir un amor especial por los Tigres del Licey, el gran rival del club cibaeño, a tal punto que desea que cada año llegue hasta el séptimo y último partido de la Serie Final, como ocurrió el pasado año contra los hoy bicampeones Leones del Escogido.
“El Licey es un río bajando cuando está ganando”, enfatiza Griselda.
Junto a su esposo Gilberto Antonio Martínez, en receso desde hace años, levantó una familia de siete hijos.
Esta decana, con un sentido de solidaridad que rebasa las cuatro paredes de la vivienda que albergaba por los predios del Mercado Nuevo, arrastró a su hermano César Valerio y a su vecino Catalino Tejada Cordero, quienes hoy tienen 48 y 46 años, respectivamente, como vendedores en el “play”.
Desde el día uno, César, gracias a la gran influencia que desde entonces tenía su hermana mayor con el encargado de la cantina, siempre ha vendido bebidas alcohólicas.
Catalino, por su lado, pasó los primeros diez años vendiendo quesos de hojas en el “bleacher” de la derecha, el del lado de los Leones del Escogido, donde poco a poco fue progresando de forma tal que llegó a tener una red de ocho empleados expidiendo ese producto.
Como Griselda y él se conocían porque ambos residían en Villas Agrícolas, “ella habló con los jefes para que me pusieran aquí a vender bebidas”.
En orden cronológico le sigue doña Eladia Altagracia Luna Valdez, quien le agradece a un hermano que la fichó para que le cuidara las ventas.
“Yo sola crié a mis cuatro hijos machos con lo que me ganaba aquí y joseando en la calle”, destaca doña Eladia Altagracia, de 70 años, 45 de ellos prestando servicio en los grand stand del parque.
Cuando se le pregunta cuál ha sido su mejor cliente no vacila en sacarle su comida aparte al ex diputado José Miguel Cabrera, quien le consiguió un trabajo en el Departamento de Aseo Urbano del Ayuntamiento del Distrito Nacional.
“Yo me busco la comida y el dinero para comprarme las pastillas de la presión”, destaca.
Santa Del Orbe, la “benjamín” del selecto grupo, ingresó en la estación 1995-96 también como expendedora de bebidas en las graderías laterales”, pero luego también dio el paso a las zonas de palcos y preferencias, las cuales acogen a un segmento de clase media y alta que consumen más, mejor y proporcionan mayores beneficios.
Trabajó en estado de gestación de dos de los tres hijos que procreó con Pedro Carela, quien tenía los derechos de ventas de las dos partes populares de las gradas. Se trata de Penélope y Juan Adonis, de 23 y 22 años, en ese orden.
Hace varios años que Penélope se sumó a ese ejército de laboriosos vendedores y todo luce indicar que será por varias décadas.