Como a veces un alma necesita un amor, así, hoy el país nacional necesita una victoria, un masaje a su ego, una caricia a su autoestima herida por tantas derrotas sociales, humanas, geopolíticas, éticas, o simplemente derrotas.
Nuestro santuario de penas ha sido largo. En 1930, el conchoprimismo hizo nacer a un monstruo que, “enfermo de un balazo” en 1961, el imperio sustituyó en 1966 por su delfín más cínico y genial. Y volvió la muerte. En 1978, ante el desgaste del delfín, los místeres permitieron a los Revolucionarios (PRD) ser gobierno, pero al alto precio de dejar de serlo. Tan mal lo hicieron, que en 1986 volvió el trueno homenajeado por sus víctimas, ahora, además, traidores.
En 1996, la esperanza; en 2000 la pre-locura; en 2003, ochocientos mil nuevos pobres. En 2004, los liberales (PLD) volvieron al gobierno, pragmáticos como bomberos, dispuestos a dejar de ser lo que fueron y habían sido. Y cada quien intentó prolongar sus mandatos intentando modificar la Constitución, y se tocó el fondo. Para 2018/19, todo fue “Una locura” sin Perales, un perder las formas enterrando el disimulo.
En agosto llegaron los Modernos y adánicos señores (PRM), perseguidos por el fucú del PRD, (según la vieja tesis de Felucho Jiménez), que les obligó a iniciar su administración en las peores condiciones que recuerda la historia democrática del país: una pandemia, Covid-19, que antes de marcharse propició que Rusia retomara en Ucrania sus sueños imperialistas después de haber sido traicionada por la OTAN y la falsa promesa de respetar sus fronteras. Y escaseó el gas y se dispararon los commodities para medio mundo.
Así de mal andábamos en el patio global, cuando en EE. UU., la ambición de demócratas y republicanos, (más un neoliberalismo ya sin enemigos y enfermito de sus éxitos) nos “trujeron” a un Nerón anaranjado, al que solo alimenta el abuso a los otros y la masturbación de su ego. Así han comenzado a llegarnos a los dominicanos las afrentas, los abusos, como un abril del 65, pero sin muertos, salvo la honra, la dignidad y la soberanía nacional.
Dicho esto, quiera León Felipe que Dios nos haga un sitio en la montura de aquel señor de la manchega llanura, “caballero del honor” que, como nuestros héroes, “va cargado de amargura y no puede batallar… caballero derrotado”. Patria o muerte… nos vencieron, nos vencimos.