La Constitución de la república establece que las elecciones presidenciales y congresuales se realizarán el tercer domingo de mayo del año electoral, esto es, el 21 de mayo de 2028. Exactamente dentro de dos años.
Parecería que falta mucho, a no ser porque la política tiene unos tiempos que difieren de lo que indica el calendario. Para la oposición, dos años es mucho tiempo; para el gobierno, apenas un abrir y cerrar de ojos.
Con sus procesos internos de elección de autoridades realizados (y culminados) de manera satisfactoria, tanto el PLD como la FP, pueden dedicarse a hacer oposición. Mientras que uno ya ha dado señales claras de que existe un consenso preliminar en cuanto a la forma y el proceso de selección de su candidato presidencial (PLD); otro (FP), ya tiene señalado a un virtual e indiscutible candidato, asumido mayoritariamente por sus bases.
El problema del PRM, es que además de partido mayoritario, es gobierno. La gestión de las expectativas y aspiraciones que puede hacer un liderazgo opositor, es diferente de las que debe hacer un liderazgo en el gobierno. Mientras uno administra ilusiones y futuro, el otro administra certezas y presente. El poder puede resolver cualquier problema hoy, a diferencia de la oposición, que primero debe ganar y luego convertirse en poder.
Esta realidad genera frustraciones y resentimientos en las bases y dirigentes cuyas expectativas no han sido satisfechas –cuantitativa o cualitativamente–, porque siempre será difícil para el poder repartir y que todos queden contentos. La situación se complica para el gobierno porque el presidente no va, y la fuerza aglutinante que genera una reelección, no existe. Cada proyecto presidencial se nutre de quienes quieren permanecer en sus posiciones, quienes quieren aumentarlas o quienes simplemente desean un lugar en la mesa.
Volviendo al dilema partido/gobierno, los tiempos políticos no coinciden con los tiempos calendario. Aunque el PRM sortee satisfactoriamente el riesgo de desatar los demonios antes de tiempo, y evite realizar una convención interna que exponga y revele la correlación real de fuerzas; aunque las primarias sean en octubre de 2027; aunque las elecciones sean en mayo de 2028; en los hechos, luego de la tregua navideña, en enero próximo llegará la campaña.
Una campaña en dos frentes, interna y externa. Un proceso que podría –si no es bien administrado y no hay reglas de exclusión obligatorias– hacer que la parálisis del partido se refleje en una parálisis del Estado.
El desafío del partido es acelerar la gestión y la ejecución en estos dos años y lograr que el congreso apruebe los grandes pendientes legislativos. Y debe hacerlo en el peor contexto internacional posible. Si no lo hace, corre el riesgo de que la lentitud en la ejecución amplifique los efectos de la inercia electoral, alimentando un bucle de inconformidades ciudadanas que, a su vez, se refleje en unos resultados electorales adversos.
Algunos en el gobierno creerán que queda mucho tiempo… pero no. Tan sólo quedan dos años.