El hombre está arrojado a un abismo que solo termina con la muerte. Sí, la muerte, ese fenómeno que solo es descriptible en la otredad, dado que nadie que lo haya padecido puede ya contarnos su balance ni el inventario con el que se cuenta a partir de él. Esto hace imposible figurárnoslo en su confusa inmaterialidad, hacer abstracción de aquello donde no se es —donde no se «es-ahí», para tomar prestado el término de Heidegger— y, mucho menos, subrogarnos en quien ya lo padeció. ¡Vaya ocurrencia fenoménica, una que no admite comprobación empírica en sí misma!
Uno de los caminos que ha explorado el hombre – o lugares en los que se ha refugiado de su angustia existencial- parece ser la poesía. Baudelaire, aludiendo a Pascal, nos dice: “Pascal tenía su abismo, que se movía con él. —¡Todo es pozo sin fondo, ay, acción, deseo, sueño, palabra! y a menudo, rozando mis pelos erizados, he sentido pasar el viento del Miedo. Arriba, abajo, en todas partes, lo profundo, lo inhóspito, el silencio, el espacio horroroso y cautivador… Sobre el fondo de mis noches, Dios, con su dedo sabio, dibuja una pesadilla multiforme y sin tregua. Tengo miedo del sueño como se teme un gran túnel, repleto de vago terror, camino hacia quién sabe dónde; no veo más que infinito por todas las ventanas, y mi espíritu, siempre acosado por el vértigo, envidia la insensibilidad de la nada. —¡Ah, no poder nunca evadirse de los Números y los Seres!”
Con todo, otros proponen como solución la filosofía. ¿Pero, cuál solución, y por qué a partir de la filosofía? Lo justo y acertado sería más bien decir el filosofar: “Filosofar es aprender a morir”, decía Platón. El hombre, en su afán por calmar las preocupaciones metafísicas, se “abisma” al filosofar, algo que suena aporético. Porque es como decir que algo es el remedio y la enfermedad al mismo tiempo; tanto si se lo enfoca desde la perspectiva del existencialismo ateo como si se hace desde el existencialismo cristiano: pensar la muerte como una posibilidad ontológica implica anticiparse a ella (i.e., pre- “sentirla”) para sufrirla también luego; pensarla desde la desesperación de la finitud, coloca al hombre en la impotencia de una razón incapaz de salvarlo. Es en definitiva el vértigo al que estamos condenados producto de una precipitación constante en el abismo de una eterna incertidumbre.