La teoría del ahorro no funciona al momento de comprar un aguacate, ni mucho menos declinar su compra bajo la falsa premisa errónea (valga la redundancia) de que su precio es alto, porque un aguacate nunca es caro, ya que definir su valor implicaría someterse a la ley de la oferta y la demanda, y, en materia de aguacates, esta no aplica.
El valor de un aguacate lo da su fin, no su disponibilidad. No importa cuántos aguacates estén en venta en la ciudad en un momento dado, si usted no tiene el suyo, corresponde pagar el precio que sea para obtenerlo, porque, de lo contrario, ciertamente podrá preservar el capital destinado a su adquisición, pero al costo de ingerir el plato de ese día sin él.
Ser libres es elegir consecuencias en función de las decisiones que tomamos. La física clásica demuestra, inequívocamente, que una acción conlleva una reacción en sentido contrario, y, aunque Newton formuló su Tercera Ley pensando en manzanas, de haber hecho el ejercicio pensando en aguacates, las posibilidades de la mecánica newtoniana de sobrevivir a la Teoría General de la Relatividad einsteiniana, (quizás) habrían sido mayores.
Así como en los mercados financieros el valor nominal de un bono coincide con su valor de mercado al momento de su vencimiento, así también, los aguacates expresan su verdadero valor (infinito e incalculable) al momento de uno necesitarlos.
Cuando tenemos el plato de sancocho servido es cuando sentimos que nos falta el aguacate, es decir, que nos falta todo; algo así como si nos faltara un brazo… como si nos dijeran que el barco se está hundiendo y no hay botes salvavidas.
En ese momento, todas las leyes de la economía son insuficientes para explicar el fenómeno, pues, de qué sirve haberse ahorrado los 100 pesos, aun a sabiendas que no comprarlos era una obligación moral, una especie de acto de resistencia cívica ante la incapacidad del Estado de regular su precio, y ante el abuso que cometen los colmados, cuando nos quieren vender a 100 pesos un aguacate “de Puerto Plata”, igual que los que vende a “4 por 100” la camioneta que diariamente se parquea frente al trabajo.
¿De qué le sirve al hombre ahorrarse 100 pesos, si comerá ese día sin aguacate?, ¿qué haremos con esos 100 pesos después?, ¿a qué parqueador, de esos que te vocean en la distancia “Mi papá, ‛tamo aquí”, se los daremos?, ¿en qué semáforo los regalaremos?, ¿detrás de esa estúpida decisión de no comprarlo (a sabiendas de que había un sancocho esperándote), había orgullo, ego, vanidad o soberbia?… ¿O todas juntas?
Ya no hay tiempo para respuestas. Ya ni siquiera hay aguacates en el colmado, porque se acabaron mientras pensabas que podías negociar sobre algo innegociable. Ahora sólo queda la rabia de comerse el sancocho sin aguacate… y un billete de 100 pesos en tu bolsillo, al que quisieras prenderle fuego.