Nos dicen que crecemos.
Que la economía dominicana es la que más crece de la región. Que la inflación está controlada. Que la pobreza bajó. Que el desempleo es de un dígito. Que somos ejemplo.
Ese es el país que muestra el gobierno en PowerPoint, en ruedas de prensa y en estadísticas bonitas con sellos del Banco Central.
Pero hay otro país. El país real. El que no cabe en una gráfica. El que se levanta a las 5 de la mañana y no le da el día para llegar a fin de mes.
En el país de las estadísticas, la canasta familiar cuesta tanto. En el país real, esa canasta no se llena.
En el país de las estadísticas, el salario mínimo subió. En el país real, ese salario se va en tres días entre pasaje, recarga y la pulpería.
En el país de las estadísticas, la libra de pollo está estable. En el país real, la gente volvió a comer arroz con huevo. Y lo peor: hasta eso ya es un lujo.
Pregúntele al dominicano de a pie. Al que está en Sabaneta, en San Juan, en Villa Mella, en Los Alcarrizos. Pregúntele cuánto cuesta un cartón de huevos. Un galón de aceite. Una libra de arroz de verdad, no del que se parte. Pregúntele cuánto cuesta un con-con con dignidad.
Nos vendieron el cuento de que somos un país rico. Somos un país donde la gente trabaja más que nunca para comprar menos que nunca.
Mientras el gobierno presume que la macroeconomía está blindada, la microeconomía del colmado está quebrada. El dominicano no vive de PIB. Vive de lo que le queda en el bolsillo después de pagar la luz que se va, el agua que no llega y el préstamo que no baja.
Arroz con huevo. Lo que antes era lo que se comía cuando no había, hoy es lo que se come cuando hay un poco. Porque cuando no hay nada, no hay ni huevo.
Esa es la realidad que no sale en las estadísticas. La del motoconchista que hace 12 horas y no le da. La de la madre que manda al niño sin lonchera porque no hay. La del viejo que parte la pastilla de la presión en dos para que dure el mes.
El gobierno puede seguir mostrando gráficos hacia arriba. Pero el pueblo vive una curva hacia abajo. Y ningún gráfico llena la barriga.
El dominicano no quiere discursos. Quiere llegar a fin de mes sin tener que decidir si come o paga la luz.
Y hasta que el arroz con huevo deje de ser un lujo y vuelva a ser lo que siempre fue, una comida humilde de un día cualquiera, todas las estadísticas serán mentira.