Un general cartaginés del periodismo iberoamericano. Un admirado amigo de nombre propio entre nuestros intelectuales, hacedor y director de diarios como otros hacen o dirigen campañas de difamación e insultos, me ha escrito una carta, que viene a ser un Prozac epistolar para ayudarme a ver la copa medio llena en un país donde a casi todos, por razones distintas, “nos han cerrado el bar de la esquina”.
A ese general con Mac, agradecido, le he respondido:
«Admiro tu optimismo, pero no tanto como admiro tu agudeza intelectual y tu capacidad para comunicarlo. No obstante tu carta, sigo pensando que, ante la normalización de la inconducta en los medios, la desintegración de la familia y el ascenso de la antipolítica, nuestra democracia “va herida de muerte… y lo sabe”, como decía Amaury. No está muerta, es cierto, pero sus múltiples heridas amenazan con provocarle una septicemia moral que podría regresarnos a la barbarie. Resulta muy grave la escasa importancia que el ciudadano promedio concede a la verdad: una verdad que ya nadie busca, porque prefiere la que el algoritmo sugiere, siempre afinada a la visión personal de cada quien. La gente ya no busca la verdad; busca un medio que confirme la suya. En la posverdad se miente sabiendo que se miente. Son las garras del tecnofeudalismo triunfal del que nos advirtiera hace unos años el economista y político griego, Yanis Varoufakis.
Tienes razón al decir que «la democracia liberal nunca prometió una sociedad sin demagogos, fanáticos o embusteros», pero nunca antes la demagogia, la vulgaridad, el fanatismo y la mentira habían sido tan aplaudidos ni tan aceptados social y electoralmente. Que existan periodistas, comunicadores, influencers o simples ciudadanos dedicados al chantaje y la extorsión no es nuevo; lo grave es que el estilo periodístico basado en el insulto, la mentira, la descalificación y la explotación de las bajas pasiones del ser humano se haya convertido en el modo dominante de comunicar y el preferido del electorado.
Al menos coincidimos, mi General, en que estamos ante una herida profunda. Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde, no vaya a ser vaina y, con apoyo popular y el visto bueno de La Embajada, aparezca entre nosotros un Donaldo Bolsonaro de la Espriella (alias “El Nerón anaranjado”).
Brindo por la amistad y por la perfectible democracia que amamos. Con la admiración de siempre…”.