En lo que la Ciudad Colonial encuentra su identidad; en lo que deja de ser vista como coto exclusivo de una generación a la que le cambió el paradigma; en lo que sus habitantes luchan por no ser fagocitados por el turismo de masas, el alquiler circunstancial de viviendas en plataformas online, toca sobrevivir en ella.
La Zona es un infierno para quienes viven ahí. El catálogo de leyes violadas, y de normas de convivencia básicas vulneradas es amplio y creciente. Que no bien se ha solucionado un problema –la remodelación de sus calles, la construcción de parqueos, la instalación de bolas o bolardos para evitar que las aceras se conviertan en parqueos, etc.– cuando surge otro (las patinetas).
A veces, no deja de ser creíble la teoría de conspiración que señala que todo el caos es producto de un plan bien orquestado para convertir la Ciudad Colonial en una ciudad museo, para convertirla toda entera en una mercancía; en una gigantesca propuesta de venta de bienes, servicios y experiencias al servicio, no de quienes viven ahí, los citadinos que ocasionalmente “bajan a la zona” o los turistas actuales, sino más bien de los cientos de miles llamados a caminar por sus calles, cuando finalmente tome cuerpo la propuesta turística de cruceros que estará llamada a revolucionar Santo Domingo.
Turismo avanza a su ritmo, construyendo y remodelando calles; la alcaldía se aboca a construir otro parqueo público, no descansa en señalizar, ordenar y recoger la basura, y trabaja en el fortalecimiento de la identidad colonial; pero, aún así falta orden y autoridad. No bastan normas, reglas o prohibiciones, si no hay agentes de la DIGESETT imponiéndolas. ¿De qué sirven las bolas –por ejemplo– si algunos vehículos las ignoran y se parquean sobre ellas, sin consecuencias?
Hoy, caminar en la zona es un deporte de alto riesgo. Los negocios de alquiler de patinetas eléctricas y bicicletas tercerizan [intentan] la responsabilidad indelegable que tienen al momento de ponerlas en mano de personas que utilizan las aceras para desplazarse, porque manejar en la calle les resulta peligroso (lo cual, por cierto, es cierto).
De poco sirven las inversiones en infraestructuras si no van a la par del desarrollo institucional y se complementa su uso con un mecanismo punitivo que sancione la violación de las normas. Y tan salvajes son quienes van una noche a la zona y parquean sobre una acera, como el propietario de un inmueble de varios millones de dólares que instala unos bolardos en el medio de la acera, para evitar que el otro salvaje se le parquee al frente.
Si todo eso ocurre, es porque no hay agentes de la DIGESETT supervisando, vigilando y sancionando, y porque no hay grúas de Parquéate–RD recogiendo vehículos en la noche. Así de simple.
Mientras tanto, un sálvese quien pueda recorre la Ciudad Colonial. Al parecer, no queda de otra.