La exposición a metales comunes presentes en el medioambiente durante los primeros años de vida puede influir en el desarrollo cerebral y la salud conductual más de una década después, señala un estudio que publica Science Advances.
La investigación identificó dos periodos críticos en la primera infancia en los que la exposición a mezclas de metales se vinculó más estrechamente con diferencias conductuales posteriores: entre las semanas 4-8 y 32-42 tras el nacimiento.
Investigadores del Mount Sinai (EE. UU.) utilizaron los dientes de leche caídos naturalmente y técnicas de imagen cerebral para identificar las semanas específicas del embarazo y la primera infancia en las que el cerebro en desarrollo parece más vulnerable a las exposiciones ambientales.
Los dientes de leche se forman en capas y su desarrollo comienza ya en el útero. A medida que maduran, incorporan trazas de metales que circulan por el organismo, lo que permite reconstruir una cronología de la absorción de metales durante el embarazo y la primera infancia.
El equipo analizó dientes de leche de niños inscritos en la cohorte de nacimiento PROGRESS en la Ciudad de México, un estudio multinacional de 2007 que siguió a los pequeños desde el embarazo hasta la adolescencia para comprender cómo las exposiciones ambientales, sociales y químicas determinan la salud.
Entre los metales analizados estaban el manganeso, el zinc, el magnesio y el plomo, que se encuentran habitualmente en los alimentos, el agua potable y el entorno construido.
Mediante un método especializado elaborado en Mount Sinai, se reconstruyó la exposición semanal a una lista de nueve metales, desde el segundo trimestre del embarazo hasta el primer año de vida.
Estas líneas temporales de exposición se relacionaron con resonancias magnéticas cerebrales y evaluaciones conductuales realizadas años más tarde.
“Los dientes de leche proporcionan un registro biológico único de los primeros años de vida” que permiten conocer el entorno fetal y posnatal temprano con una resolución temporal semanal, algo que ninguna otra tecnología puede hacer”, destacó Manish Arora, del Mount Sinai y uno de los firmantes del artículo.
El estudio incluyó a 489 niños con datos detallados sobre la exposición de los dientes de leche, de los que 395 completaron evaluaciones de comportamiento y 191 se sometieron a una resonancia magnética cerebral.
Entre las semanas 4-8 y 32-42 tras el nacimiento, una mayor exposición a mezclas de metales se asoció con un aumento en las puntuaciones de los síntomas conductuales, incluyendo problemas asociados con la ansiedad, la atención y el estado de ánimo.
Las exploraciones cerebrales mostraron que los niños expuestos a niveles más altos de mezclas de metales en las primeras etapas de la vida presentaban diferencias cuantificables en el desarrollo de sus cerebros y en la forma en que las regiones cerebrales se comunicaban entre sí.
“Lo que más nos sorprendió fue la precisión con la que se manifestaron estos periodos de mayor vulnerabilidad”, subrayó otra de las autoras, Elza Rechtman, citada por Mount Sinai.
Las exposiciones que se produjeron durante unas pocas semanas críticas, especialmente en la primera infancia, “se relacionaron con diferencias cuantificables en la estructura cerebral, la conectividad y el comportamiento más de una década después”.
Estos hallazgos ponen de relieve —resaltó— cómo las políticas medioambientales que reducen la exposición a los metales durante el embarazo y la primera infancia podrían reportar beneficios para la salud cerebral que perduran toda la vida.
Los resultados sugieren, según Arora, que las normativas medioambientales y las políticas de salud pública podrían tener que centrarse más específicamente en proteger a las mujeres embarazadas y a los bebés de la exposición a metales presentes en los alimentos, el agua y la vivienda.
Los hallazgos no sugieren, según los autores, que una sola exposición determine el futuro de un niño, pero revelan que reducir la exposición ambiental a los metales durante el embarazo y la primera infancia puede favorecer un desarrollo cerebral más saludable.