Apreciado lector, hace exactamente un año -abril 2025-, tuvimos el inconmensurable privilegio de que este prestigioso medio de comunicación -LISTÍN DIARIO- nos permitiese publicar un artículo titulado “Padres vs hijos”. Sin embargo, les aseguramos que este no será igual, aunque ciertamente tendrá matices del anterior.
Es sumamente interesante poder percibir que muchos padres pueden confundirse por la conducta inicial de algunos de sus hijos, y no reflexionar con la sabiduría suficiente que les permita penetrar más profundamente en el interior de sus psiquis. Y de esa manera, poder percibir que aquello que expresan sus hijos, no siempre refleja lo que verdaderamente están sintiendo, razón por la cual podríamos dejarnos engañar por palabras, gestos y actitudes propios del momento, pero que no irán acordes con la conducta que tomarán posteriormente.
Veamos una de las parábolas de Jesucristo, relacionada con nuestro tema: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: Voy, Señor, pero no fue». (Mateo 21:28-30. Versión Biblia de Navarra).
Amable lector, es absolutamente cierto que ni usted, ni quien esto escribe saben si el primero de estos hijos era mayor o menor que el segundo. Lo que sí sabemos es que su respuesta fue negativa. Y como ya hemos aprendido en su libro titulado “Confesiones”, San Agustín nos enseña que toda conducta -por más irracional que nos parezca- siempre tiene una motivación, aunque no seamos capaces de percibirla.
Así que, aunque quien esto escribe tampoco está seguro de sus motivaciones, sin embargo, sí podemos imaginar lo siguiente: Que el padre fue autoritario porque le ordenó que fuese a trabajar en la viña, sin usar una sola palabra amable y amorosa. Y sin ninguna explicación de lo que estaba ordenando. Esa conducta del padre, que usted podría considerar como muy lógica y natural, resulta que no es así, debido a que ese hijo y, cualquier otro, podría considerar y sentir que sus sentimientos y prioridades no estaban siendo tomados en cuenta, e incluso que éstos eran menospreciados. Por conceptos parecidos a esos, fue que el maravilloso literato Franz Kafka (3 de julio 1883, en Praga, 3 de junio 1924, en Kierling Austria) escribió su libro “Carta al padre”, en el cual, entre otras cosas, le dice lo siguiente: «Bastaba que yo tuviera un poco de interés por alguna gente -cosa que por mi carácter no sucedía con frecuencia- para que te entrometieras sin la menor consideración hacia mis sentimientos, y sin respeto por mi juicio, para que la cubrieras de insultos, calumnias y degradación».

En el caso de este primer hijo, él pudo sentir de inicio que la orden tajante dada por su padre no estaba tomando en cuenta sus prioridades y sentimientos. Y que eso, al igual que decía Kafka, era una franca desconsideración a sus sentimientos. Y que fue por eso que su respuesta de inicio fue negativa. Sin embargo, momentos después, reflexionó, y entonces en lugar de percibir a su padre como un tirano, abusador y desconsiderado, visualizó mentalmente otro panorama, más o menos parecido a lo siguiente: Que esa petición en realidad le transmitía el metamensaje de que su padre, aunque no lo aceptase de manera clara, ya estaba sintiendo las primeras señales de la vejez: pérdida del entusiasmo para ir a trabajar y apatía por las cosas cotidianas.
Aunque debemos aclarar que eso de la vejez no es una verdad absoluta, sino que depende de nuestra personalidad. Con el paso de los años vamos perdiendo el vigor, una característica de la juventud. Sin embargo, lo que sí podemos conservar hasta el último día de nuestras vidas es la vitalidad, una característica de nuestra personalidad que nos permite ver transcurrir los años de nuestra vida con entusiasmo y optimismo, aunque estemos conscientes de las limitaciones que nos imponen el peso inexorable de los años.
Tristemente es muy frecuente y penoso ver en la actualidad a personas muy jóvenes sin vitalidad, e incluso expresando que se sienten aburridas, lo cual es un síntoma depresivo, con mayor significado que el de muchas personas que expresan sentirse tristes.
Y reiteramos que, contrario a eso, vemos personas ancianas con una gran vitalidad, quienes incluso en medio de sus adversidades pueden hacernos sentir como lo hace el magnífico actor Roberto Begnini, en la sublime película, escrita, dirigida y protagonizada por él, titulada «La vida es bella».
Las personas con vitalidad mantienen sus deseos de seguir haciendo cosas productivas, aunque sus condiciones físicas hayan mermado de manera ostensible. Y ese es el sabio consejo que el científico y escritor español Don Santiago Ramón y Cajal nos deja como herencia de su sabiduría, en su libro «La psicología de los artistas». Veamos lo que expone: «Lo más triste de la vejez es carecer de mañana. Debemos empero los viejos reaccionar contra ese desalentador sentimiento, no dejándole ascender del corazón al cerebro, ni derivar del corazón a las manos. Si eres labrador pide a Dios que te sorprenda la muerte plantando un árbol; si eres escritor ruégale que la implacable te fulmine con la pluma vibrante, reclinada las albas cuartillas el más bello de los sudarios. Notorio es que cuando menos vida nos queda, más tenazmente nos apegamos a ella. Pero vivir es crear». Esas palabras adquieren mayor valor, debido a que las escribió y pronunció teniendo ya más de ochenta años de edad.
En cuanto al segundo hijo, solo diremos de él que sencillamente era muy astuto, fanfarrón y en especial zalamero.
Finalmente tomaremos otro caso de un padre que se deja confundir por las palabras zalameras de algunas de sus hijas, y desestima la conducta noble y sincera de otra. Un ejemplo de eso lo da William Shakespeare en su libro «El rey lear”. Veamos: «Lear_ Hablad, hijas mías; ya que hemos resuelto abdicar en este instante las riendas del gobierno entregando en vuestras manos los derechos de nuestro dominio y los negocios del estado, decidme cuál de vosotras ama más a su padre, nuestra benevolencia prodigará sus ricos dones a aquella cuya gratitud y bondad natural más lo merezcan.
Goneril: Yo os amo muchísimo más que a todas las riquezas, os amo tanto, como se puede amar la vida, la salud, la belleza, en fin con un amor que la voz y las palabras no aciertan explicar.
Regan: Esta también dijo muchas palabras melosas.
Lear: Ahora Cordelia, ¿Qué vas a contestar para recoger un tercer lote, más rico aún que el de tus hermanas?
Habla.
Cordelia: Nada, Señor.
Lear: ¿Nada?
Cordelia: Nada.
Lear: ¿Cómo Cordelia? Rectifica tu respuesta, si no quieres perder tu fortuna.
Cordelia: una postrera súplica dirijo a vuestra majestad. Confieso que no poseo ese lenguaje meloso, ese arte de prodigar palabras vanas. Dignaos declarar que si pierdo vuestro afecto y vuestras bondades, no es porque esté mancillada con algún primer crimen o vicio, sino que toda mi falta consiste (y esa privación es mi riqueza), en no tener un ojo ávido que sin cesar mendigue, ni una lengua que dista mucho de envidiar. Aún cuando me cueste la pérdida de vuestra ternura».
Conclusión: » Esperamos y deseamos que los padres no valoren el amor de sus hijos por el lenguaje meloso y zalamero de éstos. Sino por sus hechos, como nos dice el apóstol Santiago: «Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras» (Santiago 2:17-18).
Y también como la expresión que ha tomado como estandarte un hermano y amigo periodista de quien esto escribe: “Son tus actos los que te definen». La cual es pronunciada por el personaje Rachel Dawes, en la película Batman Begins (2005).
El autor es psiquiatra y general retirado del Ejército