Hay un momento en toda gran saga de “Cien años de soledad” en el que el mito deja de ser suficiente. El lugar que antes parecía suspendido en el tiempo comienza a contaminarse con la historia, la política, la violencia y las contradicciones de quienes lo habitan. Eso ocurre en la segunda temporada que se transmite por la plataforma de Netflix.
Si la primera parte construía un Macondo casi bíblico, un territorio donde todo parecía posible, los nuevos episodios muestran el instante en que ese paraíso empieza a desmoronarse bajo el peso del progreso, las guerras y las heridas que atraviesan a América Latina.
Para Laura Mora, quien ya había codirigido la primera temporada junto a Alex García López y ahora comparte la dirección de esta segunda etapa con Carlos Moreno, el desafío nunca consistió únicamente en adaptar la segunda mitad de la novela de Gabriel García Márquez, sino en traducir el cambio de espíritu que experimenta la historia.
“¿Cómo íbamos realmente a darle el peso y la complejidad que tiene la novela? ¿Cómo íbamos a pasar de una novela que empieza como el Génesis, tiene mucho de Biblia, a lo apocalíptico?”, explica la directora en la entrevista con LISTÍN DIARIO.
Esa transformación no se limitó al guión, sino que alcanzó absolutamente todos los departamentos de la producción: “Cambiamos las cámaras, cambiamos los lentes, trajimos otros directores de fotografía, el diseño sonoro, el montaje… todo atravesaba esa conversación para unificar esa bella decadencia de Macondo”.
El panorama
La palabra decadencia aparece constantemente cuando los responsables hablan de esta temporada, aunque no se trata únicamente de edificios envejecidos o calles más pobladas, pues Macondo deja de ser el centro exclusivo de la familia Buendía para convertirse en el reflejo de toda una sociedad.
“Ya no es la familia Buendía el centro del relato, sino Macondo como cuerpo social, como cuerpo político. Es un Macondo que recibe el progreso y todo lo problemático que trae también el capitalismo y esas nuevas formas de colonia”, afirma Mora.
Carlos Moreno comparte esa visión desde otra perspectiva. Para él, esta segunda parte acerca la ficción al presente: “Este Macondo está mucho más cerca de nosotros. Ya no es ese Macondo primitivo, sino uno que se aproxima a lo que hemos vivido como personas del siglo XX, al conflicto armado y al conflicto social”. Por eso encuentra tan vigente la frase de Úrsula sobre un tiempo que da vueltas sin cesar: “Es donde uno entiende la grandeza del relato. Habla de una sociedad que sigue dando vueltas sobre el mismo conflicto”.
Esa lectura convierte a “Cien años de soledad” en algo más que una adaptación literaria, pues la serie termina funcionando como un espejo de la historia latinoamericana, donde las guerras, las desigualdades y las tragedias parecen repetirse generación tras generación. Adaptar la segunda mitad de la novela también implicaba enfrentar algunos de los episodios más devastadores escritos por García Márquez. La masacre de las bananeras, las ejecuciones de los hijos del coronel Aureliano Buendía y el progresivo deterioro de Macondo forman parte de una historia donde el horror convive con la belleza.
Realismo mágico
Moreno recuerda que la clave fue entender el verdadero significado del realismo mágico: “Yo digo que el realismo mágico es ironía. Es una forma de hablar desde la tragedia que vivimos como sociedad. Hay hechos muy violentos que se cuentan con una enorme ironía”.
Laura Mora completa esa idea recordando que García Márquez jamás permitía que la tragedia desplazara la poesía.
“No podíamos contar esta tragedia sin la belleza. Eso es lo que hace de la literatura latinoamericana algo tan especial. Te está contando un evento demasiado trágico, pero la belleza siempre se sobrepone. Lo tuvimos presente desde la escritura hasta la puesta en escena y la postproducción. Nunca dejar la poesía de lado”, afirma Laura en la conversación.
Quizá uno de los mayores desafíos narrativos de esta segunda temporada sea lograr que el espectador no se pierda entre generaciones de personajes con nombres repetidos, pues la novela juega deliberadamente con José Arcadios y Aurelianos que parecen destinados a repetir los mismos errores, aunque la serie necesitaba que cada uno encontrara una identidad propia.
“Si no le das una característica muy fuerte a los personajes y no los complejizas, va a ser muy difícil seguir el relato”, reconoce Mora. En el caso de los gemelos, explica que el trabajo fue mucho más allá del maquillaje o el vestuario: “Se logra con un trabajo de escritura muy fuerte y con un trabajo actoral impresionante de Julián Román”.
Precisamente son las contradicciones las que convierten a estos personajes en seres profundamente humanos. Ángela Cano encontró esa dualidad en una Úrsula que aparenta fortaleza mientras esconde una enorme fragilidad: “Los lectores se quedan con la imagen de una mujer fuerte a la que nunca se le oyó cantar. Pero cuando la vemos enfrentarse a todo lo que le ocurre a sus hijos y nietos descubrimos que es una mujer extremadamente frágil”. María Adelaida Puerta, por su parte, encontró el conflicto de Amaranta en una mujer incapaz de permitirse amar: “Ella está llena de amor por dentro, pero no quiere que se den cuenta porque tiene mucho miedo de amar. Se encapsula entre su rencor y su pasado”. Carla Baratta, en cambio, decidió construir a Remedios la Bella alejándola completamente de cualquier ideal superficial: “Remedios no entiende de las banalidades de lo que nosotros llamamos belleza. Ella no se encasilla. Es completa, es eterna, no entiende de maldades”.
Las tres interpretaciones terminan reforzando uno de los grandes homenajes que la serie rinde a la novela: la importancia de las mujeres dentro de la historia latinoamericana. Ángela Cano lo resume con una emoción evidente: “Este personaje existe. Es la representación de las matronas colombianas y latinoamericanas. Mientras los hombres se preocupan por hacer las guerras, son estas Úrsulas Iguarán las que han sabido sostener a las familias y llevarlas adelante”.
La muerte, otro de los grandes temas de la obra, también adquiere nuevas dimensiones en esta temporada. María Adelaida Puerta observa que Amaranta termina aceptándola con serenidad: “Supo cuándo era su muerte, la asumió y dio su último respiro a plena conciencia”. Para Carla Baratta, Remedios simplemente entiende la muerte como otra forma de existir: “Decide despedirse desde un halo de sabiduría”. Úrsula, en cambio, teme algo muy distinto, pues “ella no le tiene miedo a la muerte. Lo que le tiene miedo es que después de su muerte la descendencia Buendía se va a acabar”.
La segunda mitad de la novela también introduce una de las relaciones sentimentales más complejas de toda la saga: el vínculo entre Aureliano Segundo, Petra Cotes y Fernanda del Carpio. Lejos de reducirlo a un simple triángulo amoroso, los actores defienden que la historia habla de distintas maneras de entender el amor. Claudio Cataño explica que Aureliano vive dividido entre dos responsabilidades igualmente legítimas: “Está el amor de su vida, pero también el amor de sus hijos. Todas esas cargas hacen que esta relación tenga ese peso”. Marleyda Soto cree que la novela demuestra “el poder del amor” como una fuerza capaz de hacer florecer incluso a los personajes más golpeados por el destino, mientras María Adelaida Puerta considera que la historia también habla de los contratos emocionales que las personas construyen a lo largo de sus vidas y de cómo esos compromisos pueden conducir incluso a la locura.
Los tres coinciden además en que el gran secreto de García Márquez era jamás juzgar a sus personajes, una filosofía que también marcó el trabajo de los actores. “Tuve que entender a Fernanda desde su humanidad y desde su crianza”, reconoce María Adelaida Puerta. Marleyda Soto admite que Petra la confrontó profundamente por su forma libre de entender el amor, mientras Claudio Cataño resume la esencia del trabajo actoral con una frase que parece definir también el espíritu completo de la serie: “El secreto de unos buenos personajes es llegar a su verdad y defenderla a muerte”.
Después de todo, esa parece ser también la misión de esta segunda temporada. No intenta modernizar a Gabriel García Márquez ni convertir su obra en un espectáculo contemporáneo; su objetivo es preservar la verdad emocional de una novela que continúa hablando del poder, la memoria, el amor, la violencia y los ciclos que se repiten una y otra vez en la historia de América Latina. Y, como recuerdan sus propios directores, hacerlo siempre sin perder aquello que hizo inmortal a Cien años de soledad: la poesía capaz de sobrevivir incluso en medio de la tragedia.