Hay una nueva costumbre en la conversación cinematográfica que debería preocuparnos bastante más que cualquier decisión de reparto: la necesidad de dictar sentencia antes de conocer la película.
Ya no esperamos a que se apaguen las luces, aparezca el logotipo del estudio y comience la historia.
Basta una fotografía tomada durante el rodaje, una filtración sin contexto o un nombre colocado junto a otro en una publicación para decidir que una obra es una maravilla, una catástrofe o una amenaza directa contra la civilización occidental.
La película todavía está en camino, pero el juicio ya fue celebrado, el acusado declarado culpable y la crítica escrita con signos de exclamación, generalmente varios seguidos.
Eso ocurrió durante la promoción de «The Odyssey», la ambiciosa adaptación de Homero dirigida por Christopher Nolan.
Buena parte de la conversación se concentró en Lupita Nyong’o, quien interpreta a Helena de Troya y a su hermana Clitemnestra.
En lugar de preguntarse qué busca Nolan al utilizar a la misma actriz para representar a dos hermanas fundamentales dentro del conflicto, muchos medios, comentaristas y fabricantes profesionales de indignación prefirieron reducir la decisión a una disputa racial.
No habían visto las interpretaciones, no conocían el tratamiento de los personajes y tampoco sabían cómo funcionaba esa duplicidad dentro de la película, detalles menores que nunca han detenido a nadie con ganas de indignarse antes del estreno.
La reacción contra Nyong’o resulta especialmente reveladora porque muchas de esas publicaciones no estaban interesadas en analizar una decisión artística, sino en producir el titular, encender la discusión y movilizar a una audiencia que ya llegaba predispuesta a enfadarse. En ese ecosistema, explicar demasiado es peligroso, porque la explicación puede apagar el incendio, y un incendio apagado no genera tráfico. Es más rentable publicar que «Nolan cambió la historia» que reconocer algo menos escandaloso: un cineasta eligió a una actriz extraordinaria para interpretar dos personajes dentro de su propia adaptación de un poema escrito hace casi tres mil años.
Con Elliot Page sucedió algo parecido, aunque con un ingrediente extra de comedia involuntaria. Durante meses circuló la afirmación de que interpretaba a Aquiles, y muchas personas reaccionaron a ese supuesto casting como si Homero hubiera descendido del Olimpo para presentar una demanda.
Sin embargo, Page no interpreta a Aquiles, sino a Sinón, el guerrero griego relacionado con el engaño del caballo de Troya.
Aquiles ni siquiera ocupa en esta versión el lugar que algunos medios le habían asignado. Un dato incorrecto se repitió tantas veces que terminó pareciendo verdadero, y sobre esa información falsa se construyeron columnas, videos y discursos enteros: toda una proeza digna de la mitología, levantar una guerra completa alrededor de un personaje que nunca estuvo allí.
La corrección del nombre importa porque resume el problema entero. No se trata de opiniones duras ni de gente que rechaza ciertas decisiones creativas; todos tenemos derecho a cuestionar una película, su reparto, su perspectiva y hasta la forma en que un director adapta un texto clásico.
El problema empieza cuando la opinión se presenta como información y la indignación se construye sobre datos que nadie verificó. Una cosa es decir que una decisión no convence. Otra, muy distinta, es inventarse la decisión y después ofenderse por ella.
Tampoco se trata de convertir esto en una defensa automática de The Odyssey. La película de Nolan puede gustar, decepcionar, fascinar o provocar sueño en quien entró cansado a la sala. Ningún proyecto merece inmunidad crítica por el prestigio de su director o por el tamaño de su presupuesto, y Nolan tampoco necesita que la prensa lo proteja. Lo que merece cualquier obra, desde una superproducción filmada con cámaras IMAX hasta un cortometraje hecho con tres amigos y una tarjeta de crédito aterradora, es ser evaluada por lo que realmente propone y no por la película imaginaria que las redes fabricaron antes del estreno.
Parte de esta conversación ha quedado atrapada en la palabra «woke», un término que hoy parece explicarlo absolutamente todo y que, por eso mismo, ya casi no explica nada.
Su origen se relaciona con la idea de permanecer alerta frente a las injusticias sociales, especialmente dentro de la experiencia afroamericana.
Con el tiempo fue adoptada por movimientos progresistas y luego convertida por sus detractores en una etiqueta para denunciar cualquier discurso, personaje o decisión relacionada con diversidad, identidad, raza o género.
El rechazo a lo «woke» no nació únicamente de la intolerancia, aunque en muchos casos la intolerancia esté presente y ni siquiera se moleste en disimularse. También existe una reacción legítima contra producciones que usan la diversidad como estrategia promocional sin integrarla de manera orgánica en sus historias.
Hay espectadores cansados de campañas que parecen felicitarse a sí mismas por su virtud antes de demostrar calidad narrativa, y esa crítica puede ser válida. El problema aparece cuando se convierte en una fórmula automática según la cual la presencia de una persona negra, trans, latina, asiática o perteneciente a cualquier grupo históricamente menos visible representa, por definición, una imposición ideológica.
Cuando toda inclusión se interpreta como propaganda, los actores dejan de ser actores y se convierten en símbolos de una batalla política que casi nunca los deja ser juzgados por su trabajo. Lupita Nyong’o ya no es una intérprete ganadora del Óscar tomando una decisión artística junto a Nolan; pasa a ser, para algunos, la prueba de que Hollywood quiere reescribir la historia.
Elliot Page deja de ser un actor representando a Sinón y se transforma en un argumento dentro de una discusión sobre identidad. El personaje desaparece, la actuación desaparece, el cine desaparece. Solo queda la guerra cultural, que además suele tener peores diálogos que cualquier película acusada de promoverla.
Toda persona tiene derecho a pensar como quiera, dentro de los límites básicos de la convivencia. Quien considere excesiva una decisión de casting puede decirlo; quien celebre una reinterpretación también puede expresarlo.
El pensamiento libre no consiste en permitir únicamente las opiniones que resultan cómodas, sino en aceptar que otra persona puede mirar la misma obra y llegar a una conclusión completamente distinta. Pero ese derecho no convierte todos los argumentos en igualmente sólidos: podemos tener derecho a equivocarnos, aunque eso no le da a la equivocación categoría de evidencia.
La comparación constante con Troy, la película de 2004 protagonizada por Brad Pitt, revela otra contradicción, esta vez con un dejo de ironía histórica. Algunas personas la utilizan como referencia visual y hasta arqueológica para determinar cómo deberían lucir Aquiles, Helena, Menelao y el resto del mundo homérico. Es una película entretenida, físicamente impresionante y dirigida con oficio por Wolfgang Petersen, pero también es una adaptación llena de cambios, omisiones y libertades que se alejan considerablemente de los poemas atribuidos a Homero.
Troy elimina casi por completo la intervención directa de los dioses, transforma relaciones entre personajes, comprime una guerra de diez años y construye una versión mucho más terrenal del mito. Patroclo se convierte en un joven pariente de Aquiles, Menelao recibe un destino distinto y varios personajes sobreviven o mueren según las necesidades dramáticas del guion. Brad Pitt corre por la playa con una intensidad memorable, pero aquello nunca fue un documental arqueológico ni una lectura ilustrada de La Ilíada: era una superproducción hollywoodense diseñada para convertir el mito en espectáculo de verano.
Resulta, por tanto, curioso que una adaptación libre se haya transformado en la vara sagrada con la que algunos miden otra adaptación libre. Es como corregir una fotocopia usando otra fotocopia que ya tenía anotaciones en los márgenes.
La imagen de Brad Pitt como Aquiles se instaló con tanta fuerza en la cultura popular que hoy parece que los antiguos griegos hubieran esperado su llegada para empezar la guerra. Pitt hizo suyo el personaje, pero eso no convierte su interpretación en un hecho histórico, por mucho que el mármol de sus abdominales sugiera lo contrario.
Además, The Odyssey y Troy parten de intereses distintos. La segunda se concentra en la guerra, el heroísmo físico, la pasión, la ambición política y el enfrentamiento entre hombres convertidos en leyenda. La obra de Nolan se ocupa del regreso, la memoria, las consecuencias de la violencia y la dificultad de volver a casa después de haber sido transformado por la guerra.
Aunque ambas compartan personajes y universo mitológico, no están contando la misma historia, y compararlas como si una tuviera que replicar a la otra equivale a exigir que toda película sobre Batman copie a la anterior porque las dos incluyen una capa.
La adaptación cinematográfica no es una ceremonia de obediencia, sino una conversación entre una obra y otra. El propio Homero proviene de una tradición oral en la que las historias cambiaban con cada narrador, cada región y cada época. Pretender que existe una única imagen autorizada de esos personajes contradice la naturaleza misma del mito. Las historias sobreviven porque pueden contarse de nuevo, no porque permanezcan encerradas en una urna para que nadie se atreva a tocarlas.
Esto no significa que cualquier cambio sea bueno. Las reinterpretaciones deben defenderse dentro de la película: una elección puede resultar poderosa, superficial, inteligente o absurda, pero para saberlo hay que mirar cómo funciona en la narración.
El color de piel de una actriz no constituye por sí solo un análisis cinematográfico, del mismo modo que la identidad de un actor no explica automáticamente el sentido de su personaje. La crítica empieza justo donde termina la reacción instintiva.
Los medios tenemos una responsabilidad particular en todo esto. No basta con culpar al algoritmo, como si fuera una criatura mitológica que vive dentro del teléfono y nos obliga a publicar disparates. Sabemos que la controversia genera clics, que ciertos titulares circulan mejor cuando simplifican una discusión compleja, y que una rectificación rara vez alcanza la misma audiencia que el error original. Por eso verificar no es un gesto anticuado, sino una obligación. La velocidad nunca debería servir de excusa para abandonar el criterio.
Quizás debamos recuperar algo que antes parecía natural: la paciencia. Esperar a ver una película no representa cobardía intelectual, y admitir que todavía no la conocemos tampoco disminuye nuestra autoridad. Al contrario, decir «no tengo suficiente información» puede ser uno de los actos más honestos dentro de una conversación pública dominada por gente que siempre parece tener una opinión lista, incluso cuando todavía no sabe cómo se llama el personaje.
Después de ver la película podremos discutir si Nolan comprendió a Homero, si sus libertades enriquecen el relato o si el espectáculo termina devorando la emoción. Podremos hablar de Lupita Nyong’o, de Elliot Page, de Matt Damon y de cada una de las decisiones creativas, y defenderlas o cuestionarlas con argumentos. Lo que no deberíamos hacer es convertir la ignorancia en postura editorial y luego presumir de valentía por haberla publicado.
Quienes deseen hablar sin datos, sin contexto y sin haber visto aquello que condenan tienen, por supuesto, todo el derecho a hacerlo: la libertad de expresión también protege las opiniones apresuradas.
La libertad de expresión no nos libera de quedar en ridículo. Para esos casos, Gabriel García Márquez dejó al final de «El coronel no tiene quien le escriba» una palabra breve, contundente y bastante útil. No hace falta reproducirla aquí. Quien haya leído el libro ya sabe cuál es. Y quien no lo haya leído quizá debería hacerlo antes de opinar sobre el final.