Los niños hacen relaciones al instante. En cualquier lugar juegan y comparten sin discriminación social y de tanto jugar con los mismos se convierten en esas huellas en la memoria llamada amigo. En el barrio se siembran y se cosechan nuestras primeras historias de miedos y aventuras. Hacemos largos viajes a una cuadra de distancia.
El barrio es la célula de la patria y Miguel Franjul eligió como legado hacer el rompecabezas. Cada barrio tiene sus características, héroes y villanos, historias de alegrías y sufrimientos y el periodista decidió, con la publicación sistemática, hacer una colcha de retacitos que la población tiende sobre el cuerpo de la nación.
No es una denuncia política partidista. Es un recuerdo comprometido con promesas y olvidos que hasta tienen nietos. Es recrear la dificultad de transitar y percibir las pestilencias de basura y aguas que se estancan en la inercia gubernamental de cualquier fecha.
Franjul no es capitaleño, que yo sepa, pero sí sé que eligió ser un trovador de un periodismo que reclama poner más atención en las dificultades ciudadanas.
Cuando este periodista contaba más 50 años menos, la capital era otra. Ya había rascacielos en la calle El Conde, a pocos pasos de su redacción en el Listón Diario, en la 19 de Marzo. El futuro era algo distante con ingresos limitados el compartir era sano, ir a disfrutar de la “Cotoletta alla milanesa” en Da Ciro era un agasajo que nos hacíamos en medio de las convulsiones políticas que a veces también ponía nuestras vidas en peligro.
Recientemente Franjul fue investido con el honroso título de profesor Honorifico de Ciencias Sociales por la Universidad Católica Madre y Maestra en reconocimiento a su más de cinco décadas de periodismo. Son muchos años de desvelos porque es el periodismo una profesión donde todo el quehacer humano hace eco y rasga las paredes emocionales. Puede parecer que sí, pero no endurece el alma la frecuencia del olvido gubernamental. El periodista sigue siendo ese luchador callado, amante de la justicia social que el tiempo tiñe de canas, pero no de indiferencia.
Franjul es director de un periódico en el momento que un gran cambio sacude la comunicación social que está pariendo una nueva forma de ejercer el periodismo sin saber dónde irá a parar la publicidad, él cada día da brazadas, saca la cabeza y otea cual es el rumbo. Ya perdió importancia la noticia exclusiva y el sortear el chantaje gubernamental de exonerar el papel como en busca de genuflexión, ahora la tarea es sobrevivir sin olvidar que el barrio padece olvido gubernamental.
La tinta, sangre del diarismo, ya no mancha lectores, el canillita es periódico de ayer, el nuevo lector lleva las noticias en el teléfono y la lucha del espacio entre publicidad y noticias se añora. Son otros tiempos.
Mientras esta forma especial de negocios, que el periodismo, busca su forma de permanecer y cuando menciono a este maestro de periodismo barrial, hablo también de los que seguimos disputando en torno al oficio y su ejercicio, y me percato de que, aun sea dentro en una nube de nostalgia, late esa competencia y nos decimos que Franjul dio un palo al elegir el barrio como legado y defiende la cuna de nuestros primeros recuerdos.
En el barrio, cuando las calles se encuentran en las esquinas, chismean sobre nuestras travesuras y cuando transitamos por ellas a veces podemos escucharlas.