Me he referido otras veces al tema sugerido por el título de esta entrega, pero es un tiempo tan especial el presente que los recuerdos son recurrentes e incesantes y de tarde en tarde, cuando uno menos lo espera, le llega alguno del tiempo que viviera en su escuela pública primaria.
De los muchachos del curso no creo que tenga alguno olvidado y en esta ocasión me llegó Mirito, como si me reclamara diciéndome: “No me dejes fuera, tú bien sabes cómo fui en la escuela.”
Y en efecto, desde adolescente Mirito ya apuntaba como algo interesante, quizás por excéntrico, y de él voy a dar algunas referencias simpáticas, pero desgraciadamente tendré que citar su triste final.
En una oportunidad estábamos bañándonos en el charco La Ceibita del Rio Jaya, que se reputaba como uno de sus charcos más hondo. Éramos varios del curso, algunos desnudos, otros con calzoncillitos en estreno, pero todos con las ropas dejadas en la arena de la orilla del río. Y llegó Mirito.
¿Cuál fue la risa de todos, cuando no el asombro? Traía amarrado con una cinta muy leve un hurón en una jaulita y se le ocurrió abrir su puerta y amarrarle sobre las ropas de nosotros. Ello indicaba que estábamos privados de vestirnos porque el animalito, bien se sabe, es nervioso y agresivo y daba saltos sobre la indumentaria de nosotros los compañeros de Mirito, su amo, que alegaba para tranquilizarnos: “No se apuren, que él es manso, lo estoy domesticando”. Fue la risa de todos, pues nos mantuvo casi hasta el anochecer sin podernos vestir nuevamente y al despedirse con una sonrisa de adulto, que no lo era, nos dijo; “Ese era el castigo que yo les tenía a ustedes.”
El hecho es que después supimos que no era solo un hurón lo que pretendía domesticar Mirito en la casa de su abuela Felipita, quien tenía una freiduría modesta pero famosa por el sabor de sus longanizas y empanadas, situada a pocos metros de la iglesia que destruyera el terremoto del ´46, junta al parque Duarte.
Una mañana, el policía que cuidaba el parque se encontró con que debajo del pedestal del busto de Trujillo había dos cacatas.
El hecho es que el policía a quien llamaban Guante era muy afable y se relacionó mucho con la juventud.
Se armó una investigación y fue trasladado; no se supo entonces si se expulsó o se dejó en otros lugares prestando servicio.
Nadie, claro está, se atrevió a sugerir siquiera que esas dos cacatas del busto de Trujillo habían emigrado de las jaulitas de Mirito, situadas discretamente en la modesta casa de su abuela Felipita.
Los muchachos éramos en general muy respetuosos, aunque había algunos traviesos. Sus nombres a veces me traen recuerdos diversísimos. Sus alias, Colisa, su hermano Nene, Fifí, Molio, Evaristo, y otros muchos. Los maestros y maestras eran admirables; la disciplina era espontánea, se puede decir amorosa. Incluso el comportamiento de los padres y las madres era ejemplar. El maestro tenía la última palabra.
Debo referirme a un episodio de los hermanos Colisa y Nene. El primero se “enganchó” a la policía; el segundo, Nene, se perdió porque salió al extranjero y no se supo cómo.
Pasaron los años; Nene se daba por desaparecido o muerto y tocó la ocasión que el buque en el cual se había podido evadir todavía lo conservaba como manejador de su carga de entonces en cubierta. Tomó la decisión de venir a San Francisco a saber de la familia y que la familia supiera de él; casi todos estaban en la capital por lo que vino a ésta, ya enterado de que su hermano Colisa era sargento de tránsito.
¿Qué hizo Nene con su humor, independientemente de su valor personal? Alquiló un carro, se enteró cuál era la esquina en que su hermano trabajaba y se fue en rojo. Colisa lo mandó a parar con mucha energía; se acercó a la puerta del conductor libreta en mano y Nene le dijo: “Mira, macutero, ¿tú me vas a poner una multa a mi?” Esa fue la risa de todos los que estaban en las inmediaciones. Se veían así después de largos años de separación los hermanos y fue la alegría de todos los compañeros de curso que nos transmitimos entonces de la manera que pudimos el episodio. Mi reacción fue: “Genio y figura hasta la sepultura.”
Al final, donde siempre nos espera la tristeza: Mirito se lanzó del puente Duarte recién construido, así se dijo, pero nadie lo creyó. Todos pensamos que era un hecho voluntario del aparato de represión de entonces.
Viniendo de San Francisco tenía que detenerme en la Villa Altagracia de entonces para asistir a “un descenso a los lugares” de un accidente terrible que había ocurrido hacía tiempo en la construcción de la Autopista Duarte. Los demandados eran la compañía Elmhurst y su presidente, un señor de apellido Hagan. Allí encontré al policía Guante, ya retirado. Me abrazó y me dijo: “Fracasé por las dos cacatas en el parque y fue Mirito quien las puso. Pero yo le tenía mucho afecto y traté de protegerlo. Eso de ahora no es suicidio. Seguro lo tiraron muerto; era un rebelde.” Esto, naturalmente, me lo dijo al oído con mucho cuidado.
Como se ve, el pupitre para dos alumnos era un pivote profundo de afecto imperecedero.