Concluida La Semana Mayor, toca lo que manda el manual: Los comerciantes de Boca Chica se quejarán porque este año las ventas fueron menores; la gente por el carreteo, los abusos de la DIGESETT y los tapones kilométricos; los religiosos, porque la gente tomó el asueto para beber, divertirse, y no para reflexionar; los bebedores se quejarán del horario de expendio y consumo (el mismo de siempre); y la lista de fallecidos seguirá aumentando… y por las mismas razones.
Jesucristo resucitó ayer, pero los muertos de Semana Santa no lo harán, y es una pena, porque estadísticamente, la mayoría eran prevenibles. Aun así, todos los años es lo mismo, pero a peor.
Si en la madrugada de ayer Jesús hubiera resucitado en Las Terrenas, probablemente, en medio del jolgorio y el desenfreno se le habría pegado una bala perdida. Las redes expusieron con todo el morbo posible el pandemónium de este año, donde calles y playas de ese paradisíaco lugar fueron tomadas por asalto por una masa desordenada y bullosa, que se recrea en el caos, la insolencia, la mala educación y la indecencia.
No es nuevo, y poco se puede hacer en una sociedad donde cualquier llamado a control se decodifica en clave “violación de libertad de expresión”. El dominicano es un mamífero que mientras está en su país, reniega de la autoridad y el orden… hasta que llega a Estados Unidos, donde misteriosamente ocurre una metamorfosis.
El atajo más simple es verlo desde el prisma de las clases sociales. Así, en la mayoría de los casos, quien critica los videos que aparecen en redes sociales, en cierta forma se desmarca de ello, como si el problema fuera un asunto de quintiles y no de educación.
Si los pobres tienen Terrenas o Boca Chica, es porque los ricos tienen sus “Palmillas” para hacer sus desórdenes, o sus cotos cerrados en el este. Al final, el desorden, la bulla y el irrespeto hacia la autoridad es transversal a toda la sociedad dominicana, sin importar clase o riqueza; y, si algunos se rasgan las vestiduras viendo tatuajes, hookas, pasamontañas, uñas o pelucas, es porque no comulgan con esos códigos –por un tema de marco mental y circunstancia–, más sí con otros que suelen ser iguales de perniciosos, aunque menos “elegantes”.
Las Terrenas se perdió, como antes Sosúa, Cabarete… como luego serán otros lugares. Lo que llama a preocupación no es el desorden de este año, sino lo que refleja; porque es síntoma, no enfermedad; consecuencia, no causa. La sociedad dominicana reniega del orden a todos los niveles. La misma gente que sueña con un Bukele es la primera que sentiría en sus carnes la consecuencia de su comportamiento.
El Estado está derrotado, la autoridad no tiene autoridad. Todo es una deriva hacia un remolino gigante, uno de esos que tarde o temprano lo devora todo.