El oficio de la fabulación se ha venido convirtiendo en un peligroso entretenimiento de un tiempo a esta parte. No demanda mucho esfuerzo físico, basta con tener espíritu creativo y disposición para recibir “apoyo”. Asimismo, al igual que el de los afamados “pica pica”, tal oficio exige perder el miedo a ser evidenciado y no sentir vergüenza porque los demás califiquen tu conducta de bufa, en fin, la necesaria resolución para seguir, de modo recurrente, diciendo y promoviendo todo cuanto tu ilimitada mentalidad imagina, sin reparar en las consecuencias que ello pudiera acarrearte: algo así como inhibir el sentido del riesgo.
Hay una amplia gama de fabuladores en el país. Están infestados de ellos todos los espacios públicos y los medios de comunicación, salvo las excepciones que confirman la regla. El oficio ha proliferado tanto que ha terminado uno casi acostumbrándose a tales cacareos y confirmando la naturaleza sírfida de estos, pues, la cuestión, con independencia de cuán ingenioso sea el fabulador, siempre termina diluyéndose en la propia quimera de éste.
Recientemente, he visto con lástima la actitud asumida por un amigo al que aprecio mucho, Carlos Peña. Está concursando con mucho acierto para entrar al club de los creativos, si bien no puedo afirmar que lo haya logrado, pues el fabulador exitoso nace, no se hace. Con el invento que ha debido hacer para ensamblar su enésima “querella” -habiendo escogido esta vez como pretexto a Guillermo Estrella, a la empresa Energía 2,000, a Leonardo Aguilera y a Samuel Pereyra-, creo que arrebatará a don Paco Escribano el título de “rey del disparate y archipámpano de la carcajada”.
Por fortuna, para los “escogidos” esta vez por mi amigo, él tiene un pobre promedio en el juego de las querellas para sonar: ha bateado de nueve cero. Pero es perseverante, una perseverancia acaso lograda merced a una silente e inadvertida predisposición para el oficio. ¡Y si eso es sin haber advertido sus reales potencialidades, qué no ocurriría si lograra consolidarse en su vocación! El país tiene mucho que esperar de él. Pero, mi temor es que este amigo a quien tanto aprecio, en vez de evolucionar en esta suerte de patología que acusa, vaya a involucionar cayendo en el delirio, un estadio aún más difícil de manejar para los profesionales de la psiquiatría. Como creyente y amigo suyo, pido una jornada de oración por la salud de mi amigo Carlos Peña, no vaya a ser que la conducta observada ahora tome un derrotero que devenga perjudicial para su estabilidad emocional.