A propósito del 50 aniversario del funesto Golpe de Estado en Argentina, en 1979, el infame criminal Jorge Videla –a la sazón, presidente de facto–, preguntado sobre los desaparecidos durante la dictadura, respondió: “Frente al desaparecido, en tanto que este como tal es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un no vivo, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido.»
Si en su momento esta frase evidenció el cinismo de la dictadura, no deja de ser una descripción real de la situación de incertidumbre que rodea a la “figura” del desaparecido desde una narrativa que lo cosifica, como requisito previo de la despersonalización y el olvido; minimizando en todo momento sentimientos y padecimientos de familiares, amigos y el entorno social que sufre la pérdida; quienes, en ausencia de un cuerpo que enterrar no pueden cerrar el círculo del duelo, quedando condenados a permanecer en un limbo de incertidumbre, ansiedad y desolación, que el paso de los años no disminuye.
La mecánica subyacente en la figura del desaparecido es comprensible desde la lógica de la violencia del poder político, como la hemos vivido en diversos episodios de nuestra vida nacional; o de conflictos internos, como los que viven algunos países de la región. Ahora bien, la desaparición de alguien en estos tiempos, constituye una situación inexplicable que no encuentra justificación, no en un Estado que cuando quiere investigar, investiga, y cuando quiere encontrar, encuentra.
Hace exactamente un año (y un día) de la desaparición del niño Roldany Calderón, en el caserío de Los Tablones, Ciénaga de Manabao (Jarabacoa), y, a la fecha (y que se sepa), no se han comunicado avances en el caso.
Pese a todo el aparataje, despliegue de socorristas, tropas, comunitarios, equipos y recursos, frente a la inexplicable desaparición del niño sólo persisten silencios, dudas, inquietudes y dolor.
En su momento, el Ministerio Público actuante se mostró diligente y activo; conjeturó, investigó, interrogó y se trasladó; luego, el silencio. Sería irresponsable hacer juicios de vabor sobre su actuación, máxime cuando hablamos de la desaparición de un niño de tres años, un caso que, por su naturaleza, exige sigilo y discreción.
Ahora bien, y precisamente porque “nos conocanos”, también hay que ser responsables y recordarle al país que hace un año Roldany Calderón desapareció sin dejar rastro, y, ni a sus familiares ni a esta sociedad se les ha dicho nada. Y es necesario hacerlo en un país donde algunos son más iguales que otros, donde quienes tienen poder o riqueza se imponen en la justicia de los hombres, sobre quienes no lo tienen.
En lo que el Ministerio Público sigue investigando, Roldany Calderón no está ni vivo ni muerto, está desaparecido… y eso es mucho peor.