El sector agropecuario ocupa un lugar relevante en la economía y la vida social de la República Dominicana. Su importancia se expresa en la producción de alimentos, el empleo, la seguridad alimentaria y el desarrollo rural. Pensar el futuro del país exige reconocer que la transformación productiva también depende de la ciencia y de profesionales especializados vinculados al campo.
El Estado dominicano ha promovido las llamadas carreras del futuro como estrategia para preparar el talento que demanda el desarrollo nacional. En 2026, el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología destacó esta orientación como parte de sus líneas estratégicas. Esa visión es necesaria y debe continuar. En ese sentido, resulta importante mantener una inversión equilibrada que incluya áreas de prioridad nacional, como las ciencias agronómicas y veterinarias, así como otras disciplinas vinculadas con necesidades estratégicas del país.
La agricultura y la pecuaria modernas demandan conocimientos sobre suelos, agua, cultivos, genética, sanidad vegetal, nutrición y salud animal. A ello se suman sensores, drones, biotecnología, análisis de datos e inteligencia artificial. El campo moderno requiere talento especializado, investigación aplicada y soluciones adaptadas a la realidad nacional.
El arroz dominicano muestra esa necesidad. Según el informe de 2025 de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, el DR-CAFTA contempló la eliminación de los aranceles al arroz procedente de ese país a partir del 1 de enero de 2025. Ante este escenario, el Gobierno y el sector arrocero acordaron mantener los controles de entrada del cereal dentro del marco legal vigente y continuar las conversaciones con Estados Unidos para proteger la producción nacional y fortalecer su competitividad. De acuerdo con informaciones oficiales de la Presidencia, en 2025 el país produjo cerca de 14.8 millones de quintales, apoyado en nuevas variedades y mejoras en productividad. Sostener esos avances exige investigación, innovación y transferencia tecnológica.
La peste porcina africana ofrece otra evidencia. El Ministerio de Agricultura informó que su detección en 2021 requirió vigilancia epidemiológica, diagnóstico, cuarentena y control sanitario. Posteriormente, el Banco Central reportó que en 2025 un rebrote provocó una contracción de 25 % en la producción de ganado porcino. Enfrentar estos riesgos exige médicos veterinarios, especialistas en epidemiología y bioseguridad, laboratorios y sistemas de vigilancia capaces de responder oportunamente.
En este escenario, las universidades cumplen una función esencial en la formación de profesionales, la investigación y la generación de soluciones para el sector agropecuario. La Facultad de Ciencias Agronómicas y Veterinarias de la Universidad Autónoma de Santo Domingo constituye una referencia nacional por su trayectoria académica, investigativa y de extensión. Está integrada por las escuelas de Ingeniería Agronómica, Medicina Veterinaria y Zootecnia, y cuenta con el Instituto de Investigaciones Agropecuarias y el Instituto de Enfermedades Infecciosas y Zoonóticas. Su estructura se articula además con laboratorios y centros especializados en control biológico, nematología agrícola, biotecnología, microbiología de alimentos, producción lechera y clínica veterinaria, entre otras dependencias.
La Universidad ha realizado esfuerzos para fortalecer esta estructura. En ese marco, se propone que el Estado dominicano destine una inversión extraordinaria y sostenida a la Facultad, orientada a actualizar y ampliar su infraestructura, equipamiento, laboratorios, áreas de práctica y fincas experimentales, así como a seguir desarrollando la formación de grado, postgrado y educación permanente con los más altos estándares de calidad.
Estos recursos permitirían ampliar las condiciones para la docencia, la investigación, la innovación y la transferencia tecnológica, así como avanzar en agricultura de precisión, diagnóstico molecular, geotecnologías, análisis de datos, sanidad animal avanzada y nuevas plataformas de investigación y experimentación. Por su impacto en la producción de alimentos, la sanidad animal, la productividad y el desarrollo rural, esta inversión debe ocupar un lugar prioritario en la agenda nacional, con continuidad, planificación y coordinación entre el Estado y la Universidad.
Esa prioridad debe extenderse también a mejores oportunidades de empleo, especialización y remuneraciones competitivas para quienes se desempeñan en estas áreas.
El desarrollo nacional requiere integrar tecnología, ciencia, producción y talento especializado, y en esa integración el campo no puede quedar al margen. El futuro del país también depende de lo que seamos capaces de sembrar hoy en investigación, innovación y formación profesional. Las carreras del futuro también se cultivan en el campo.