En el universo de “Dune” (Frank Herbert), el consumo regular de la “especia” prolongaba la vida y expandía los niveles de conciencia y conocimiento, permitiendo a los navegantes de “la Cofradía” mantener el monopolio de los viajes estelares, convirtiéndolos en hombres de poder. Irónicamente, los navegantes se volvieron tan adictos a ese poder que vivían dentro de tanques en los cuales la respiraban en estado gaseoso, cayendo en un nivel de consumo tan dependiente, que sus cuerpos se deformaban y tenían una noción tergiversada de la realidad –pues vivían dentro de la especia– y su juicio estaba condicionado a ella.
La alegoría es poderosa, pues al igual que la especia, el poder es una droga, y, como todas las drogas, genera en el usuario una sensación de exuberancia y euforia que a su vez alimenta la necesidad de más poder, cayendo quien lo ejerce en un bucle pernicioso donde el poder se convierte en un fin en sí mismo, desvirtuando su naturaleza de medio e instrumento para lograr fines políticos.
A medio y largo plazo, es inevitable que esto ocurra. Pocos seres humanos pueden sustraerse al hechizo del poder y sus demonios. Lo normal es lo contrario, lo predecible es creerse el personaje. Que por algo Jung desentrañó esta dualidad tan cotidianamente vigente; la dualidad entre el ser y el personaje; el conflicto entre lo que esencialmente somos y lo que luego asumimos que somos, en función del ejercicio temporal y circunstancial de un cargo.
Historias sobre tinacos que se rebosaron hay por cientos, en todos los gobiernos y épocas; y lo de cómo manejará cada quien el aterrizaje estrepitoso sobre el asfalto de la realidad –llegado el día en que tenga que dejar la función pública y retomar hábitos, lugares, amistades, comidas o bebidas–, es un asunto que pertenece al morbo y la esfera privada.
Lo que verdaderamente debería preocupar es cuando el ejercicio sin fines, límites o contrapesos del poder, genera las condiciones necesarias para que el funcionario en cuestión llegue a creer que la realidad que temporalmente le rodea, es la realidad que vive la mayoría. En definitiva, que crea que el mundo del boato, excesos, autoconfianza y percepción de infalibilidad, es el mundo real que los demás ciudadanos viven o perciben.
El desafío de quienes ejercen el poder es no desconectarse o darle la espalda a su fuente primigenia, que es el pueblo. Ese que se transporta en el metro todas las mañanas –por ejemplo–, y que no comulga con la exuberancia informativa que intentan proyectar algunos funcionarios que viven en un mundo donde asumen que los anuncios, estadísticas y declaraciones maximalistas, automáticamente se corporizan en realidades y verdades inapelables.
Algunos funcionarios deberían bajar al metro para “resetear” la mente y aterrizar en la realidad que vive el pueblo, para entender lo que piensa… para escucharlo.