A propósito de la obra “La sala de máquinas de las constituciones latinoamericanas”, del jurista argentino Roberto Gargarella, quiero tomar en empréstito la expresión “sala de máquinas”, que define el espacio de los procesos constitucionales donde se presentan las tensiones que determinan las reglas del ejercicio del poder.
En América Latina, el libro del profesor Gargarella abre un capítulo de la interpretación constitucional e histórica, yendo más allá de la cronología de las constituciones, para adentrarse en los contextos políticos y sociales que las generaron.
Esta perspectiva historicista del conflicto constitucional la debemos al eminente magistrado Piero Calamandrei, quien en su ensayo La Constitución inactuada puso de manifiesto las tensiones políticas y el incumplimiento constitucional en la Italia de posguerra.
A este autor han seguido otros juristas europeos como Maurizio Fioravanti con sus obras Constitucionalismo: experiencias históricas y tendencias actuales y Constitución: de la antigüedad a nuestros días; visiones en retrospectiva de las doctrinas del poder que han tomado las constituciones como su objeto.
Gargarella muestra una visión crítica a la forma como las constituciones latinoamericanas mantuvieron un pacto desde el siglo XIX entre liberales y conservadores para hacer prevalecer un modelo de organización del Estado que ha dejado desigualdad e injusticia social.
A diferencia de Estados Unidos, que después de proclamar su independencia de Gran Bretaña en 1776, lo que vino fue un proceso de fortalecimiento institucional y constitucional que enrumbó esa gran nación por el camino de la estabilidad y el progreso, en América Latina, las independencias nacionales conseguidas en base a luchas armadas frente a potencias coloniales europeas, terminaron en sangrientas luchas internas entre los diferentes caudillos independentistas.
Esas luchas internas por el poder terminaron socavando cualquier ilusión que pudo existir de tener regímenes constitucionales liberales que sirvieran, como en Estados Unidos, para guiar esas naciones por el camino de la estabilidad y el progreso.
América Latina se debatió, a partir de las independencias, entre el orden de las dictaduras y la anarquía de los gobiernos efímeros, donde las constituciones, en vez de instrumentos para el desarrollo, se convirtieron en mecanismos útiles para las aspiraciones presidenciales de los caudillos.
Nuestro caso no fue diferente. La independencia nacional proclamada la noche del 27 de febrero de 1844 no generó un proceso de fortalecimiento del Estado basado en una constitución liberal ni mucho menos.
Al contrario, lo que vino fue un proceso de lucha feroz entre los diferentes sectores que se habían unificado en el propósito común de separarnos de Haití, aunque tenían ideas diferentes respecto al Estado que habría de construirse en la naciente República Dominicana.
Por ejemplo, Juan Pablo Duarte, fundador de la Trinitaria y el líder que venció el pesimismo de muchos y quien convenció a los hateros a unificarse en la lucha contra Haití, postulaba la idea de que era posible ser independientes de Haití sin el protectorado francés o de otra potencia.
Los hateros, acaudillados por el general Pedro Santana y Tomás Bobadilla, eran firmes partidarios del protectorado francés, debido a que entendían que la naciente república no se sostendría independiente frente a Haití.
Así que la República nació dando lugar a una lucha entre los santanistas y los trinitarios. Esa lucha iba a ser perdida por los trinitarios y llevaría al poder al general Pedro Santana.
Duarte simbolizaba la independencia nacional. Era el líder de los trinitarios y de los postulados independentistas. Pero en esa lucha fue vencido por Santana.
El 9 de junio de 1844, los trinitarios tomaron el poder y proclamaron al trinitario Francisco del Rosario Sánchez presidente de la Junta Central Gubernativa, en sustitución de Tomás Bobadilla. Esa Junta fue completada por los trinitarios Pedro Alejandrino Pina, Manuel María Valverde y Juan Isidro Pérez.
Fue, sin duda, un triunfo de los trinitarios, pero llamado a durar muy pocos días. Las contradicciones entre los hateros y los trinitarios no iban a quedar resueltas con esa victoria. Al contrario, fueron agudizadas. En las luchas por el poder las contradicciones suelen posponerse por un tiempo, pero no se eliminan.
Esas contradicciones iban a estallar el 12 de julio de 1844, es decir, apenas un poco después de un mes. Ese día el general Pedro Santana, con el prestigio que le daba el haberse enfrentado y vencido a los haitianos en el Sur, iba a marchar a la ciudad al frente de su ejército, traído con él desde El Seibo y leal solo a él, y con la fuerza que dan las armas, iba a derrocar la Junta encabezada por Francisco del Rosario Sánchez.
Ese golpe tendría consecuencias negativas para la nación. El poder de los hateros, y de manera muy particular, el de Pedro Santana, fue consolidado. Los trinitarios fueron anulados. Algunos fueron apresados, otros exiliados. En el caso de Duarte fue declarado traidor a la patria y exiliado.
Vencidos los trinitarios y exiliado Juan Pablo Duarte, el camino quedó libre para Santana consolidar su poder.
Santana fue proclamado presidente de la nueva Junta Central Gubernativa, y no iba a perder tiempo para consolidar su poder. Solo 12 días después, es decir, el 24 de julio, esa Junta emitió un decreto, convocando a elecciones para elegir a los miembros de una Asamblea Constituyente, que comenzaría a trabajar el 21 de septiembre en San Cristóbal.
Presionados los asambleístas por el poder militar de Santana, quien ordenó a su ejército cercar el lugar donde la Asamblea estaba reunida, adoptaron un texto constitucional coherente con su despótica forma de gobernar.
Ahí nació el tan mencionado artículo 210 que le otorgaba al presidente Santana todos los poderes y sin responsabilidad alguna mientras durara la guerra con Haití. El artículo 205 mandaba a la Asamblea a elegir al presidente, y el 206 mandaba elegirlo por dos períodos presidenciales consecutivos.
Fue la única vez que en la República Dominicana, y tal vez en el mundo, se eligió a un presidente para dos períodos consecutivos, aunque razones políticas impidieron que Santana completara los dos períodos.
El 6 de noviembre de 1844 nació finalmente la primera constitución, y se conoce como la “Constitución de San Cristóbal”.