A veces, tras concluir un gran encuentro, lo verdaderamente importante no es solo lo que se dijo o se presentó, sino lo que queda resonando después. Por eso, al terminar la Conferencia del Poder Judicial, me quedé con una reflexión que atraviesa todo lo vivido en esos días: la importancia de sostener y profundizar una visión compartida de justicia.
La Conferencia fue un espacio de intercambio, aprendizaje y proyección, y , sobre todo, fue un punto de encuentro entre distintas generaciones, trayectorias y responsabilidades institucionales. En ese cruce, se hizo visible que la transformación de la justicia dominicana es el resultado de un trabajo sostenido en el tiempo.
En esa perspectiva, resulta inevitable mirar hacia atrás. Recordar el liderazgo del magistrado Jorge Subero Isa en los años noventa no es un gesto simbólico aislado, sino el reconocimiento de un momento fundacional. Allí se establecieron bases esenciales de independencia, institucionalidad y profesionalización que hoy siguen dando frutos. Las transformaciones profundas no comienzan de cero: se apoyan en decisiones valientes del pasado.
Esa continuidad institucional también se expresa en quienes han tenido la responsabilidad de conducir el Poder Judicial en distintas etapas. La gestión de Mariano Germán contribuyó a consolidar avances institucionales clave, mientras que figuras como Olga Herrera representan el compromiso sostenido con una justicia al servicio de las personas.
Lo que vimos durante la Conferencia fue, en muchos sentidos, la materialización de ese recorrido. La presencia del presidente de la República, de expresidentes, del presidente del Tribunal Constitucional y del presidente del Senado no solo aportó relevancia institucional al evento. Fue, sobre todo, una señal de que la justicia ocupa un lugar central en el proyecto de país y convoca a todos los poderes del Estado.
A ese respaldo se sumaron también voces independientes y respetadas que han acompañado críticamente el desarrollo institucional del país. Servio Tulio Castaños Guzmán, quien tuvo la generosidad de referirse a nuestra gestión como un “excelente desempeño” y destacó la evolución positiva de los indicadores internacionales.
Precisamente, la mejora experimentada en el Índice de Estado de Derecho adquiere un significado aún mayor cuando se observa el contexto internacional: en un momento en el que muchos países enfrentan retrocesos en sus indicadores institucionales, la República Dominicana avanza. Y ese avance no es casual. Es el resultado de voluntades consistentes, de esfuerzos acumulados y de una institucionalidad que ha sabido sostener el rumbo.
La Conferencia permitió, precisamente, hacer visible ese hilo conductor. Ver reunidos a actores del pasado, del presente y del futuro de la justicia dominicana no solo tiene un valor simbólico. Es una forma de reafirmar que la transformación depende de la capacidad de construir consensos duraderos en torno a un horizonte común.
Es importante entender qué representó realmente la Conferencia. No fue un evento aislado ni una cita puntual en el calendario institucional. Es en esencia el espacio de gobernanza, del Plan Justicia del Futuro, un mecanismo que nos permitió evaluar avances, alinear prioridades y renovar compromisos de manera colectiva. La Conferencia, con celebración bienal, es el lugar donde la visión se contrasta con la realidad, donde los planes se traducen en acciones y donde la transformación se organiza de forma consciente y participativa.
Entre los temas principales tratados en las distintas comisiones, estuvieron la gestión de casos y la optimización del proceso penal, el acceso digital a la justicia a través de justicia.gob.do, los métodos alternos de resolución de conflictos, la transparencia y la ética judicial, la infraestructura, la justicia restaurativa, las reformas estructurales, las buenas prácticas internacionales y la innovación aplicada al sistema de justicia.
Al cerrar la Conferencia, la sensación no fue de culminación, sino de continuidad. De estar en medio de un proceso que ha avanzado, que ha sido reconocido, pero que tiene mucho por construir. Lo más valioso de una visión compartida es que no se agota en lo logrado, sino que proyecta lo que aún es posible.
Por eso, el desafío hacia adelante es claro: seguir construyendo sobre lo alcanzado, cuidar lo que se ha logrado y profundizar las transformaciones necesarias para responder a las demandas de la sociedad. Con la misma convicción, con el mismo compromiso y, sobre todo, con la misma capacidad de trabajar juntos.
Porque, al final, la justicia que queremos no se construye en un momento ni por una sola generación: se construye todos los días, sobre lo que otros hicieron antes y con la mirada puesta en quienes vendrán después.