Los marcos mentales operan como contextos dentro de los cuales se desenvuelve el día a día de los individuos y la sociedad. El relato dominante es un constructo que condiciona y determina todo, y, a su vez, es consecuencia de las relaciones de poder y justificación de las mismas. Los marxistas dirían que eso obedece a las relaciones de producción y los antimarxistas lo contrario. A los fines, da igual.
Pongamos el patriarcado de ejemplo. El hecho de cómo unas relaciones de trabajo y producción determinaron la primacía del hombre sobre la mujer, y el desplazamiento de esta desde el centro/eje del hogar hasta su periferia. En el momento mismo que la agricultura dio origen a los Estados –y al nacimiento de los tributos y la guerra–, la mujer fue relegada al plano material, cosificada, sexualidad, instrumentalizada y vista como una dependencia del hombre.
Desde la Revolución Francesa hasta ayer en la noche, todos los movimientos reivindicativos de los derechos de las mujeres procuran reestablecer esa igualdad rota hace milenios.
En términos históricos, República Dominicana ha logrado notables avances en materia de igualdad de derechos y protección de las mujeres frente a una violencia machista que no sólo es estructural, sino que hasta 1997 se reflejaba en el Código Penal con figuras retrógradas como la excusa de la provocación o la eximente del flagrante delito de adulterio.
Parecería que, tras 29 años de avances, reformas legales, presupuestos, campañas educativas, acciones penales, así como vivir en una sociedad más abierta, consciente, empoderada e igualitaria, la violencia contra la mujer iría perdiendo fuerza con los años, y que los constantes abusos, maltratos, vejaciones y agresiones (verbales y físicas), disminuirían. Lamentablemente, los hechos indican lo contrario.
Las estadísticas están ahí. La violencia se ha cebado contra las mujeres. Los feminicidios se han convertido en una epidemia y ya no sabemos qué es peor, si la estadística dura que indica que en lo que va de año 32 mujeres han sido asesinadas por sus parejas; las consecuencias desastrosas a nivel de quiebra de hogares; los niños que quedan huérfanos; o la normalización que hacemos de esa violencia, al punto que cada muerte es tan sólo una noticia que viene a sumarse a la anterior y que antecede a la siguiente.
Se avanza, sí; se disponen de más recursos, capacitaciones, entrenamientos, tribunales… sí; pero las muertes están ahí, como un recordatorio permanente de que situaciones extraordinarias requieren medidas extraordinarias.
Hemos fallado como sociedad a nuestras mujeres, el ciclo de la violencia se reproduce y se alimenta de sí mismo como un demonio insaciable (Efecto Copycat). La máscara del patriarcado se ha roto y en su lugar queda la caricatura de un machismo decadente y acomplejado, que ejerce contra las mujeres una violencia sin límites ni pudor. Podemos celebrar algunos avances –es válido hacerlo–, pero sin olvidar que urge hacer mucho más… y hacerlo ya.