Quiero dejar de contar. Quiero dejar de contar víctimas, de memorizar nombres y rostros de mujeres cuyas vidas terminaron por la violencia de un hombre contra ellas.
Quiero dejar de contar los comentarios que las culpan incluso después de muertas. Los “¿por qué no se fue?”, “seguro había señales”, “ella sabía cómo él era”. Como si en este país siempre hubiera una explicación lista para justificar la violencia y otra para responsabilizar a la víctima.
Quiero dejar de contar las excusas vacías de las autoridades, los discursos reciclados de los incumbentes, las promesas de acciones del Estado y las respuestas de un sistema que hace tiempo dejó claro que no está logrando protegerlas, porque en República Dominicana una mujer víctima de violencia de género puede denunciar, pedir ayuda, esconderse, abandonar su vida entera y aun así terminar asesinada. Y ni siquiera eso parece ser suficiente para que se entienda la gravedad del problema.
Quiero dejar de contar mujeres que denunciaron y aun así terminaron asesinadas, porque cada caso así deja miedo y lo vuelve aún más devastador porque manda el mensaje de que ni siquiera hacer “lo correcto” y agotar “el debido proceso” garantiza seguir vivas.
Mientras tanto, muchas víctimas tienen que, con suerte, refugiarse en una casa de acogida, abandonar su hogar, esconderse o dejar toda su vida atrás para intentar protegerse, mientras el agresor sigue haciendo su vida normal. Y eso no debería normalizarse.
También quiero dejar de contar la cantidad de veces que las mujeres tienen que vivir cuidándose de todo. Midiendo palabras, pensando cómo reaccionar, cómo rechazar, cómo irse, cómo evitar incomodar, como si sobrevivir dependiera únicamente de ellas, porque la sociedad no se lo garantiza.
El punto a discutir nunca debe ser que una mujer no se fuera a tiempo de una relación abusiva. De hecho, puedo asegurar que mientras este país siga creyendo eso, los hombres que las matan van a seguir sintiendo que siempre tienen una justificación.