Una noche a mediados de los años 90, me comunican que visitará al presidente Joaquín Balaguer, un personaje que llegaría a las 8:30 de la noche, por la puerta principal, con unos tres maletines, pero que no me podían revelar el nombre.
La descripción fue que era “un americano, de pelo rubio, alto, de unos 50 años, que llegaría en una Jeepeta marca Mercedes Benz color azul y que no hablaba español”.
Un poco antes de la hora, estoy en la puerta cercana a la escalinata principal esperando al visitante, cuando diviso que el vehículo va a entrar por la puerta principal. Me pongo alerta a esperar que llegue y suban la escalinata.
La descripción del personaje era exacta y tuve que recibirlo en inglés y conversar unos minutos, diciéndome que era su primera vez en la Republica Dominicana. Inmediatamente nos dirigimos al Despacho, precisamente iba cargado de tres maletines medianos, que no permitió ni siquiera que lo ayudara.
Inmediatamente le comuniqué al general Perez Bello la presencia del visitante, en menos de tres minutos fue pasado a la oficina presidencial. Pero si me percaté de la presencia del traductor, Carlos Guerrero, quien se encontraba en el área e ingresó directamente con el señor.
Ese visitante permaneció aproximadamente una hora 20 minutos dentro del Despacho. Yo estuve esperándole para despedirle. Pero a su salida, si me percaté de qué de uno de los maletines sobresalía una especie de paño blanco.
Pero desde luego, yo no me iba a quedar con la incógnita, y empecé a indagar de quién se trataba. El hermetismo era tal que el nombre no quedó escrito en la agenda, ni en las instrucciones de entrada que se mandaban a la guardia presidencial.
Incluso cuando vi al traductor personalmente, le pregunté que quién era esa persona y su respuesta lo advirtieron de que no podía hablar de esa reunión, ni de lo que se trató en ella.
La curiosidad se fue acrecentando y seguí la indagatoria hasta con los ministros más cercanos y con el camarero, pero nadie soltó prenda.
A los 10 días, estaba revisando una carpeta de un viaje a Houston y Boston del presidente Balaguer, previo a la toma posesión de 1986. Ahí descubrí el acertijo.
En ese folder encontré una foto del señor que yo había recibido. Era nada menos que el famoso Dr. Richard Simmons, uno de los mejores oftalmólogos especialista en glaucoma y cataratas del mundo, quien trabajaba en el Massachusetts Eye and Ear Infirmary.
Entonces entendí la razón de la discreción: el Dr. Simmons fue a examinarlo y no se quería que la prensa estuviera informada de esta visita para evitar que se publicara que el presidente estaba enfermo.
Una vez me enteré de los datos del ignoto cerré el folder y no lo comenté con nadie, guardando este secreto por más de 35 años hasta el día de hoy, que lo comparto con ustedes.