Antes de la victoria de su partido en las elecciones parlamentarias de junio de 2026, el primer ministro Nikol Pashinyan ya llevaba ocho años al frente de Armenia. Sin embargo, en ninguna de las dos elecciones anteriores (2018 y 2021) había basado su campaña en un programa de política exterior tan claro —ni tan irritante para Rusia— como lo ha hecho en esta ocasión.

Pashinyan abogó por poner fin a la dependencia de Armenia respecto a Rusia y por buscar una mayor integración con Occidente. También renunció a las reivindicaciones territoriales históricas de Armenia sobre Turquía y Azerbaiyán, incluido Nagorno-Karabaj, que fue el epicentro de un conflicto de décadas entre Armenia y Azerbaiyán. Ahora están sobre la mesa una paz duradera con Azerbaiyán y la normalización de las relaciones con Turquía.
Rusia se esforzó por impedir la reelección de Pashinyan, entre otras cosas, llevando a cabo campañas de desinformación destinadas a impulsar a los candidatos prorrusos e imponiendo restricciones comerciales como castigo por los esfuerzos de Armenia por estrechar lazos con Europa. Pero los votantes armenios no picaron el anzuelo. Aunque los dos principales partidos prorrusos obtuvieron votos suficientes para entrar en el Parlamento, el partido Contrato Civil de Pashinyan se aseguró la mayoría parlamentaria.
Ahora, Pashinyan cuenta con el mandato popular que necesita para impulsar un nuevo statu quo regional en el que la influencia de Rusia siga debilitándose y los países del Cáucaso Meridional disfruten de mayor paz, estabilidad y nuevas oportunidades de cooperación con Estados Unidos y la Unión Europea. Esto podría ser una muy buena noticia para Azerbaiyán, que ya está trabajando para establecer alianzas estratégicas con Occidente.
En febrero de 2026, Azerbaiyán firmó una carta de asociación estratégica con EE. UU. Aunque el contenido del acuerdo es bastante limitado —se limita a expresar intenciones vagas de «movilizar la inversión de los sectores público y privado» y «ampliar la colaboración en el desarrollo de una asociación en materia de inteligencia artificial»—, supone un notable paso adelante. Azerbaiyán también está ampliando sus vínculos con la UE, centrándose en los sectores del transporte, el ámbito digital, la energía y el comercio.
Todo esto podría parecer que beneficia a los intereses de Azerbaiyán. Sin embargo, sin las condiciones adecuadas, estas alianzas podrían no dar los resultados esperados para los azerbaiyanos.
El país está gobernado por un régimen autoritario, en el que la familia Aliyev ostenta el poder absoluto desde 1993. A lo largo de más de tres décadas, la dinastía Aliyev ha consolidado su posición desmantelando las instituciones democráticas, socavando la independencia judicial, subvirtiendo el sistema electoral y reprimiendo a los medios de comunicación independientes, la sociedad civil y los partidos de la oposición.
A pesar de todo ello, los azerbaiyanos han seguido luchando por la democracia, a menudo a un gran coste personal. Yo mismo estoy dictando estas palabras a mi esposa desde el centro de detención del Servicio de Seguridad del Estado. Fui detenido el pasado mes de noviembre bajo acusaciones ridículas, que no son más que una excusa para encubrir la determinación del régimen de aplastar a la oposición política y reprimir la disidencia.
Mi detención fue la culminación de una larga campaña para silenciarme. Durante 20 años, se me prohibió salir de Azerbaiyán. Hasta mi detención, pasé cinco años viviendo bajo un bloqueo de Internet en mi propia casa. He sido detenido y torturado. Ahora me enfrento a una posible pena de prisión de entre 12 y 20 años por una acusación inventada.
No soy, ni mucho menos, el único. Bajo el régimen de la familia Aliyev, miles de azerbaiyanos han cumplido largas condenas como presos políticos, decenas de miles han sufrido violencia policial y otros miles han sido torturados simplemente por reclamar la democracia. En la actualidad, hay 328 presos políticos recluidos en las cárceles de Azerbaiyán, entre ellos 34 periodistas destacados —nueve de ellos mujeres—, así como activistas de la sociedad civil, líderes de la oposición y ciudadanos de a pie. Docenas de personas cercanas a mí, desde familiares hasta compañeros políticos, han sido detenidas bajo acusaciones falsas. Sin embargo, no nos hemos rendido ni hemos renunciado a nuestros ideales democráticos. Hoy, como siempre, estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio para llevar la democracia a Azerbaiyán.
Ni Estados Unidos ni Europa son responsables de la democratización de Azerbaiyán. Pero tampoco deberían abandonar sus propios principios, haciendo la vista gorda ante la represión generalizada y el desmantelamiento de la democracia que se están produciendo en Azerbaiyán.
El régimen de Aliyev podría creer que tiene suficiente influencia sobre sus socios occidentales como para conseguir que hagan precisamente eso: llegar a acuerdos en sus propios términos. Esto es especialmente cierto en el caso de Europa: Azerbaiyán vende gas a 16 países europeos y petróleo a hasta 20, lo que lo convierte en un elemento vital para la seguridad energética de la UE. Además, el Corredor Central —la ruta más corta entre el oeste de China y Europa— atraviesa Azerbaiyán.
Pero la UE y EE. UU. pueden y deben plantar cara, garantizando que las asociaciones estratégicas emergentes se construyan sobre la base de los valores y principios occidentales, de conformidad con el derecho internacional. Como mínimo, deben exigir que las autoridades azerbaiyanas respeten los compromisos en materia de derechos humanos y libertades establecidos en las convenciones de las Naciones Unidas que Azerbaiyán ha firmado y ratificado.
Creo firmemente que el pueblo azerbaiyano, si se le concedieran los derechos y libertades más básicos, se desharía del régimen autoritario dinástico a la primera oportunidad. Restauraríamos la república democrática que nuestros antepasados fundaron hace 108 años —la primera de su tipo en todo Oriente y en el mundo musulmán—. El régimen también lo cree así, y por eso ha convertido las elecciones en una farsa, ha prohibido las reuniones pacíficas y ha llenado las cárceles de disidentes. Los azerbaiyanos queremos una mayor integración con Occidente, pero, sobre todo, queremos que se respeten nuestros derechos y libertades fundamentales. Al condicionar la cooperación estratégica al cumplimiento por parte de Azerbaiyán de las normas democráticas y el derecho internacional, Estados Unidos y Europa podrían ayudar a conseguir ambas cosas.
Ali Karimli, exsecretario de Estado azerbaiyano, es el líder de la oposición política unida del país.