Cuando el delincuente de Bob Menéndez (¿ya podemos llamarle así?) fue declarado culpable en 2024 de corrupción (y otros 15 cargos más) por un juzgado federal, Guido Gómez Mazara repitió el mantra que decía desde 2004: “Dios pone todo en su lugar”. El tiempo y la justicia de los hombres terminó dándole la razón.
Más que una rectificación histórica, procedería una disculpa pública de parte de aquellos que durante años se ensañaron contra él. Unos, en tanto socios de otro delincuente sentenciado; otros, en tanto amplificadores acústicos que pregonaban la cancelación de su visado estadounidense como certificación inequívoca de supuestos vínculos con el crimen organizado, narcotráfico y demás yerbas aromáticas; otros, que vieron en el hecho puntual la oportunidad de descalificar y descartar a un potencial oponente (válido en términos políticos); otros, por ajustes de cuentas políticas, resentimientos personales, profesionales, etc.
Los motivos son irrelevantes, porque lo que en aquel momento Guido señalaba (que era víctima de una persecución orquestada por el senador Menéndez y deseada por el Dr. Salomón Melgen), quedó evidenciado en los hechos que reseña “Gold Bar Bob. The Downfall of the Most Corrupt U.S. Senator” (2025), de Isabel Vincent y Thomas Jason Anderson. Más que un libro, una radiografía sobre el estado de putrefacción política en que se movía el senador Menéndez, quien ostenta el dudoso honor de ser el único senador estadounidense en ser investigado, acusado, procesado y condenado durante el ejercicio de sus funciones.
Sobre la decencia, honorabilidad, honradez, catadura moral y ética del Menéndez, ya se pronunció un jurado federal. Los hechos están ahí, y la declaratoria de culpabilidad y la sentencia también. Los lingotes de oro y los 480,000 dólares no declarados hallados en su vivienda, pesan más que cualquier acusación.
Sobre los manejos turbios de Menéndez y su vinculación con Melgen; las escapadas de placer a dominicana; los detalles morbosos de corte íntimo; son detalles secundarios frente a lo verdaderamente turbio: el uso y abuso del poder delegado del pueblo norteamericano para favorecer intereses personales, y la instrumentalización de ese poder para golpear a adversarios políticos locales, como Gómez Mazara, por ejemplo.
Mientras muchos aquí celebraron la cancelación de su visado como una victoria política, mientras la ola se mantenía alta, mientras en LA Embajada se tomaban decisiones sobre la base de cartas senatoriales que obedecían a intereses personales, los liliputenses del patio festinaron la humillación de Guido como un logro personal. Por cada Colón que llegue al patio, siempre habrá 100 Guacanarix dispuestos a vociferar elogios, ensayar lisonjas, tirarse fotos, salivar como perros de Pavlov, etc.
El tiempo de Dios es perfecto, y así como en La Palabra Jesús dijo a la multitud: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la primera piedra…” (Juan 8:7); así también podría preguntarle hoy a Guido: “¿Dónde están los que te acusaban?”, y él respondería: “Presos, Señor, presos”.