Con Rusia bajo presión en múltiples frentes, el presidente Vladimir Putin se encuentra en una posición más complicada que en cualquier otro momento de su cuarto de siglo en el poder. Putin sigue controlando firmemente el Kremlin, pero existe un riesgo creciente de que intente salir de su actual situación intensificando su conflicto con Occidente.
El primer problema de Putin es que su guerra en Ucrania carece de impulso. Los avances territoriales recientes han sido lentos y se han logrado a costa de enormes pérdidas humanas (unas 450,000 muertes, casi ocho veces el número de soldados estadounidenses fallecidos en la guerra de Vietnam) y de daños económicos. Después de cuatro años y cuatro meses, las fuerzas rusas controlan alrededor del 20 % del territorio ucraniano, el mismo porcentaje que ocupaban hace tres años. Mientras tanto, Ucrania sigue demostrando su determinación de ganar, su resiliencia frente a los ataques rusos con misiles y drones, y su notable capacidad para innovar en armamento y tácticas de combate. Sus éxitos le han dado confianza para pasar a la ofensiva.
En particular, Ucrania ha logrado llevar la guerra a la península de Crimea, ocupada por Rusia desde hace doce años. Crimea es un escenario crucial tanto por razones estratégicas como simbólicas. Fue allí, en 2014, donde Rusia inició su guerra contra Ucrania.
Putin ha tratado este territorio como la joya de la corona de su “Nueva Rusia” y ha invertido fuertemente en su desarrollo, tanto para conectarlo con el territorio continental ruso como para convertirlo en un lugar atractivo para que los rusos vivan y visiten. Crimea también es estratégicamente vital para que Ucrania mantenga su acceso al mar Negro, una vía esencial para su economía.
En las últimas semanas, Ucrania ha enviado enjambres de drones para atacar instalaciones militares, plantas eléctricas y estaciones ferroviarias en la península. También ha atacado camiones rusos con destino a Crimea que transitaban por el este ocupado de Ucrania y cruzaban el costoso puente de Kerch que Putin construyó tras anexar ilegalmente la península. Además, ha golpeado ferris de carga rusos que abastecían la región por vía marítima. Como consecuencia, los habitantes de Crimea enfrentan escasez —especialmente de gasolina para sus vehículos— y frecuentes cortes de electricidad.
Pero la mayor frustración de Putin es el éxito de Ucrania al atacar objetivos profundamente dentro del territorio ruso. Ya fue suficientemente embarazoso que el temor a un ataque ucraniano impidiera a Rusia exhibir su arsenal por la Plaza Roja durante el desfile del Día de la Victoria de este año, un evento que supuestamente celebra los mayores logros militares del país.
Aún más humillante ha sido el uso por parte de Ucrania de misiles y drones para atacar instalaciones energéticas y otros objetivos en Moscú y San Petersburgo, así como otros blancos situados a cientos de kilómetros de la línea del frente. Ucrania ha destruido la ilusión de muchos rusos de que la guerra nunca llegaría hasta sus propias puertas.
Los éxitos de Ucrania se han vuelto tan evidentes que, el 28 de junio, Putin se vio obligado a reconocerlos en la televisión estatal rusa. Admitió que los recientes ataques, a los que se refirió únicamente como “ataques terroristas contra nuestro territorio”, han provocado escasez que obliga al gobierno a importar más combustible mientras se realizan las reparaciones. Está enviando públicamente la señal de que sabe que los rusos enfrentan dificultades, agravadas además por las interrupciones del servicio de internet derivadas del intento del Kremlin de obligar a la población a utilizar sitios controlados por el Estado.
La economía rusa en general, ahora fuertemente orientada a sostener el esfuerzo bélico, también enfrenta dificultades. El banco central ha advertido que el crecimiento en 2026 podría caer hasta apenas un 0.5 %.
Aun así, Putin sigue confiando en que Rusia pueda ganar una guerra de desgaste. En los últimos días, los medios estatales han destacado los avances militares sobre la ciudad de Kostyantynivka, que podría servir como puerta de entrada para nuevas ganancias territoriales en el este de Ucrania. Putin sigue apostando a que el presidente estadounidense Donald Trump debilitará activamente el reabastecimiento del ejército ucraniano y seguirá desestabilizando a la OTAN. También espera que las elecciones del próximo año en Francia, Reino Unido, Italia y algunos estados clave de Alemania puedan alterar el respaldo europeo a Ucrania.
Pero el desempeño de Rusia en el campo de batalla durante los últimos años sugiere que cualquier avance adicional seguirá siendo lento y tendrá un elevado costo humano y económico. Las bajas rusas (muertos y discapacitados) ya superan el número de nuevos reclutas. Además, Trump parece haber perdido el interés en ayudar a Rusia, especialmente porque los exitosos ataques ucranianos han cambiado el curso de la guerra.
Por otra parte, los europeos se han tomado más en serio las inversiones de largo plazo en su propia defensa. Aunque se aproximan importantes elecciones en todo el continente, estas aún faltan varios meses, y no es seguro que las victorias populistas reduzcan el apoyo a Ucrania.
A pesar de los reveses y las humillaciones, hay pocas pruebas de que Putin enfrente problemas internos. Algunos medios rusos han insinuado un creciente descontento de la población con la guerra, pero sigue sin existir una alternativa a su liderazgo, y él continúa sin mostrar interés por unas negociaciones de paz.
Por ello, Europa y los vecinos más cercanos de Rusia observan con preocupación lo que Putin podría hacer si realmente se sintiera acorralado. Es casi seguro que veremos una expansión continua de los ataques rusos con misiles contra ciudades ucranianas, como el importante ataque con drones y misiles del 2 de julio que causó la muerte de al menos 27 personas en Kiev. También cabe esperar más provocaciones militares contra países de la OTAN, especialmente mediante drones que los europeos siguen sin estar preparados para enfrentar. Los ataques incendiarios del año pasado contra propiedades vinculadas al primer ministro británico Keir Starmer y el incidente del mes pasado, en el que un buque de guerra ruso realizó disparos de advertencia contra un yate británico en el canal de la Mancha, ofrecen una idea de lo que podría venir.
Si Ucrania logra seguir desestabilizando Crimea, atacar más objetivos en el corazón de Rusia, frustrar a las fuerzas rusas en el frente y aumentar la presión sobre la debilitada economía rusa, un Putin aislado, envejecido y frustrado podría concluir que necesita un ataque capaz de cambiar el rumbo de los acontecimientos.
El uso de un arma nuclear táctica en Ucrania, un ataque frontal directo contra las antiguas repúblicas soviéticas de Letonia y Estonia (hoy miembros de la OTAN), o grandes ciberataques contra objetivos europeos o estadounidenses siguen siendo, por ahora, escenarios extremadamente improbables. Pero las provocaciones agresivas contra países de la OTAN, incluso si no llegan a constituir actos claros de guerra, pueden generar graves riesgos para la seguridad, la economía y la política. Y si Putin concluye que su supervivencia política o física está en peligro, su disposición a apostar por acciones cada vez más arriesgadas crecerá rápidamente.