A comienzos de marzo de 1970, el director en ciernes del periódico Última Hora, Virgilio Alcántara, me contactó en la dirección de Radio Noticias de HIN, donde me encontraba laborando, para hacerme una invitación a conversar sobre asuntos de interés mutuo.
Quedamos en vernos en horas de la tarde en uno de los restaurantes al fresco de la avenida George Washington, donde me informó de la inminente salida del vespertino Última Hora, que tenía la sombrilla de Listín Diario y me propuso integrarme al mismo.
Yo entraría redactor político. El sueldo sería de 250 dólares al mes que eran 50 dólares menos de los 300 que yo ganaba en la emisora HIN-Rahintel. Sin ninguna prisa, le agradecí su oferta y le dije que le respondería cuanto antes ya que al parecer el tiempo apremiaba.
En breve tiempo ponderé las conveniencias, entre las cuales estaba mi ingreso al diarismo, cosa que yo quería tras cuatro años de experiencia en la radio, la seguridad de que, al estar protegido por el Listín, las posibilidades de un fracaso serían mínimas.
Al nuevo periódico vespertino entrarían algunos nombres reconocidos: Gregorio García Castro, Aleyda Fernández, Mario Emilio Pérez, Augusto Obando, de nacionalidad colombiana, José González, editor deportivo, Alfredo Vásquez, reportero gráfico y Ubi Rivas jefe de publicidad. El director general era don Moisés Pellerano, hombre muy gentil, educado en Francia.
El más reconocido de todos era García Castro. Había sido diputado en el último tramo del régimen trujillista, respaldó al doctor Balaguer cuando se lanzó en las elecciones de 1966, estuvo exiliado en Puerto Rico y tuvo un programa radial.
Acepté la propuesta del director ejecutivo de Última Hora, Virgilio Alcántara y así, trabajé allí desde sus inicios el 16 de marzo de 1970 hasta finales de 1978, cuando me propuse ingresar al servicio exterior, lo que ocurrió cuando el presidente Antonio Guzmán me nombró cónsul general en Washington, DC., en enero de 1979.
Cuando el jefe de Protocolo de la Presidencia embajador Álvaro Logroño Batlle me solicitó visitarlo en su despacho del Palacio Nacional, me informó que el presidente Guzmán me ofrecía el puesto en la capital norteamericana con ingresos que alcanzaban entre salarios y otros gastos 1,800 dólares. Por honorarios consulares recibiría alrededor de 2,000 dólares.
Fue un gran cambio ya que en el periódico ganaba como jefe de redacción, mi última posición un total de 600 dólares. Al corriente de que las posiciones diplomáticas eran muy apetecidas me plantee durar en el cargo un año, pero mis cálculos quedaron cortos. Duré en Washington cuatro años y medio bajo los gobiernos de Guzmán, Majluta y Jorge Blanco, quien me ascendió a embajador.
Última Hora fue un gran vespertino, que chocó con la ira de los canillitas del otro vespertino de la época, El Nacional. La ira de los canillitas llegó a destruir los ejemplares que salieron a la calle. Fue, sin embargo, una ventolera que nunca compartieron los dueños de El Nacional, que tenía un nicho seguro en el mercado.
Última Hora cultivó el análisis político, los reportajes especiales, las crónicas deportivas y acogió hasta su último día “En un Tris”, la muy leída columna de García Castro, asesinado por el teniente Arias Sánchez, de la Policía Nacional en la calle Mercedes, a una cuadra del edificio donde se editaba el diario en la calle 19 de Marzo frente al local del Listín.
La columna de García Castro hacía mucha roncha al régimen del doctor Balaguer y a un sector militar que lo odiaba. A García Castro le cayó, sin que fuera cierto, el acumulo de que había sido el autor de la famosa entrevista al guerrillero Toribio Peña Jáquez, quien llegó en el desembarco de Playa Caracoles con el coronel Caamaño, pero se desprendió del grupo principal, en febrero de 1973
Recuerdo que el entonces ministro de las Fuerzas Armadas, vicealmirante Ramón Emilio Jiménez Reyes, cuyo despacho en la época estaba en el Palacio Nacional, me detuvo para recriminar que García Castro “hablaba pendejadas”, lo que en su momento puse al conocimiento de la dirección y del propio periodista.