En el béisbol dominicano hay un veredicto que lo perdona todo: se cuadra feo, pero le da duro a la pelota. Es la sentencia que separa al que luce bien en la jaula de bateo del que aparece en el noveno con dos outs. El estilo se admira; los batazos se cobran.
Me acordé del dicho al ver un corte que me llegó por WhatsApp. Es Celso Juan Marranzini, presidente del CONEP, frente a Roberto Cavada, respondiendo a una pregunta que últimamente aparece en todas las entrevistas: ¿qué pasa con esta fila de figuras del entretenimiento y de las redes que ya se ven a sí mismas en el Palacio?
A Celso Juan lo conozco desde jovencito, y le cabe el dicho completo. No anduvo con rodeos: la popularidad puede servir para ganar una elección, pero lo que hace progresar a un país es otra cosa —formación, preparación técnica, capacidad de decidir bien bajo presión. Y luego conectó de línea al centro: no hay nada más cobarde que el dinero.
Vale la pena tomarla en serio, porque no es una ocurrencia. Es una descripción técnica.
El capital no es cobarde por ideología. Es cobarde por aritmética. Toda inversión consiste en descontar un flujo de caja futuro a una tasa que incorpora el riesgo. Cuando el riesgo político aumenta, la tasa sube, el valor presente disminuye y el proyecto muere en una hoja de Excel antes de que nadie lo anuncie. No hay comunicado ni fuga espectacular. Simplemente, el hotel no se construye, la planta no se amplía y la fábrica se instala en otro país. La cobardía del dinero es silenciosa y, por eso, peligrosa: cuando se nota, ya pasó.
La República Dominicana lleva años del lado correcto de esa ecuación. Somos el mayor receptor de inversión extranjera directa de Centroamérica y el Caribe. El sector privado genera la abrumadora mayoría del empleo formal. Nuestra calificación soberana ha subido, mientras que la de varios vecinos ha bajado. Nada de eso ocurrió por carisma: ocurrió porque durante tres décadas, con gobiernos de distinto signo, el país fue razonablemente previsible.
¿Y qué pasa cuando esa previsibilidad se rompe? La región tiene los datos. Los argentinos mantienen más de doscientos mil millones de dólares fuera de su sistema financiero: el ahorro de una generación entera, estacionado afuera por desconfianza acumulada. Perú, con seis presidentes en menos de una década, vio caer su inversión privada durante años consecutivos. En cada caso, el detonante fue político, el efecto fue económico y llegó tarde.
Pero hay algo más en ese corte de video, y es lo que de verdad me llamó la atención. No recuerdo que el empresariado dominicano se haya pronunciado así. Ha opinado siempre sobre impuestos, energía, aranceles, clima de negocios. Rara vez hablo de esto: sobre quién está en condiciones de dirigir un Estado. Ese silencio tenía su lógica —no meterse, no incomodar, no pagar el costo—. Que hoy se rompa, dice menos de Celso Juan que del tamaño de lo que está en juego.
Porque lo que se oye en las redes no son propuestas: son cantos de sirena. Prometer es gratis y viral. Gobernar es caro y lento, y su primer requisito no es la simpatía sino la credibilidad: que un banco, un empresario o un fondo pueda saber qué reglas existirán dentro de cinco años. No es que el electorado ignore; es que le están vendiendo la ignorancia empaquetada como frescura.