Con perdón de Vargas Llosa, desde París, Marsella, Lyon, Ruan, Nantes, Tolousse, Rennes, Limoges (Francia); Bolonia, Milán, Turín, Brescia, Bérgamo (Italia); Tirana (Albania); Lisboa y Oporto (Portugal); Madrid, Barcelona, Valencia (España); Bruselas y Lieja (Bélgica), etc.; un (otro) fantasma recorre Europa (Marx habría estado de risitas).
Más que el fantasma de la rebelión, es el de la frustración. Una que se nutre y se alimenta de elementos comunes que no diferencian ni respetan países, fronteras, culturas, idiomas o generaciones. Una que se corporiza en el aumento del costo de la vida, el incremento del precio de los combustibles, y una crisis económica que toca, afecta e impacta de manera transversal la vida de todos.
Para los países del Tercer Mundo estas variables son permanentes, y la diferencia entre un año y otro se establece en función de si estamos peor o mucho peor que el año anterior. Esta vez, lo novedoso es que es en Europa, y que las protestas se realizan de manera simultánea (y sin una “Internacional” coordinando) en muchos países; como si fuésemos testigos de un cambio de ciclo precipitado por una crisis económica, social y política que, para algunos apenas comienza, mientras que para otros es apenas la antesala de la verdadera crisis que aún no llega.
Las protestas en Europa tienen un hilo unificador común que todos los países están sintiendo. No se trata de una crisis de combustibles mundial (al estilo 1972, 1980 o 1990), o de una crisis política de esas que fueron comunes durante la Guerra Fría. No. Está vez todo se mueve, nada es firme.
Vivimos tiempos de incertidumbres planetarias en donde no existen certezas; donde las verdades que hicieron posible que la economía creciera, generara riqueza, y la redistribuyera durante 70 años, están hechas añicos. Los “Treinta Años Gloriosos” apenas están en el recuerdo; el Estado del Bienestar europeo está en coma; los ciudadanos desconfían de la democracia, los políticos y la política (como en los días de Weimar); los discursos que apelan a la mano dura se incrementan a medida que se deterioran las variables económicas.
Hemos visto eso anteriormente –en el período de entre guerras–, la historia nos recuerda que ningún nivel de cultura o ciudadanía es suficiente, cuando un pueblo decide olvidar todas sus conquistas políticas y sociales, y sacrificarlas por un mínimo de seguridad.
Los populistas y demagogos están en sus aguas, tanto de izquierda como de derechas, y cada quien promete el paraíso a su manera. El centro es una ilusión y, en algunos casos, pronunciar su existencia constituye un insulto.
Para las masas, los derechos actuales –que gozan, viven y disfrutan– ni siquiera son vistos como una herencia directa del trabajo y sacrificio de las generaciones precedentes, sino como un Maná que cayó del cielo; algo por los que no vale la pena luchar. El futuro es incierto… y ya llegó.