Colombia, un país con casi un siglo de tradición democrática, donde las corrientes liberales y conservadoras siempre anunciaban sus intenciones, acaba de culminar su último proceso electoral. El candidato del gobierno, Iván Cepeda, era por mucho el favorito y lideraba las encuestas. Sin embargo, Abelardo de la Espriella se impuso en las dos vueltas. En Bolivia, Rodrigo Paz aparecía con 8 % en los sondeos de agosto de 2025; en las urnas obtuvo 32 % y, dos meses más tarde, la presidencia. Y en Brasil, hace apenas dos meses, las principales encuestas le daban a Lula una ventaja de siete puntos; Flávio Bolsonaro terminó primero en la primera vuelta.
No son casos aislados. Son síntomas de una política que ha cambiado de naturaleza en tres direcciones, y América Latina se ha convertido en su laboratorio más visible.
La primera es que nada está escrito. Durante décadas, nuestras elecciones se movían como los grandes barcos, despacio y con tendencias que se veían venir. Hoy se mueven como los mercados en un día de pánico. El votante decide tarde, cambia de opinión rápidamente y oculta su preferencia hasta el último minuto. Las encuestas siguen siendo útiles como fotografía, pero han dejado de ser profecía. El candidato que se siente seguro a tres semanas de la elección ya está en peligro, y el que aparece en quinto lugar tiene derecho a soñar.
La segunda es más profunda: la política se ha desplazado del territorio de la razón al de la emoción. El centro, que durante generaciones fue el espacio de la prudencia, del consenso y del sosiego, hoy luce aburrido. No porque haya dejado de tener razón, sino porque la razón no moviliza. Lo que moviliza es la pasión, y las pasiones rara vez habitan en el medio. La indignación y el miedo empujan hacia los extremos, y el algoritmo de las redes premia el grito, no el matiz. Un video de quince segundos con un insulto llega más lejos que un plan de gobierno de doscientas páginas.
La tercera es la más delicada. Hoy la percepción es la realidad. Lo que importa no es lo que ocurrió, sino lo que la gente cree que ocurrió. En ese mercado, la mentira se ha convertido en un activo que se produce, se distribuye y se transa, a veces con plena conciencia y otras por pura inercia. Lo inquietante no es que los líderes mientan —siempre lo han hecho—, sino que ya no temen ser descubiertos. El votante, saturado de versiones, deja de preguntar si algo es cierto y empieza a preguntar si es de los suyos.
Maquiavelo lo intuyó hace cinco siglos: los hombres juzgan más por los ojos que por las manos; todos ven lo que pareces, pocos palpan lo que eres. La diferencia es que hoy las redes multiplican los ojos y casi eliminan las manos. Según el Barómetro de las Américas de 2025, apenas el 12 % de los peruanos se declara satisfecho con su democracia. Cuando nadie cree en nada, cualquiera puede ganar.
La buena noticia es que hay antídotos. Finlandia enseña a detectar la desinformación desde la escuela primaria. Nuestra región podría hacer lo mismo, fortalecer el periodismo de verificación y exigir a las plataformas transparencia en la publicidad política. Y quienes creemos en el centro tenemos una tarea pendiente: aprender a contar la prudencia con pasión, convertir la sensatez en relato y los datos en historias que la gente sienta como propias.
Nuestros países no son inmunes a estas corrientes. Ninguna estabilidad está garantizada por la inercia. El desafío no es evitar la sorpresa, sino estar preparados cuando llegue.