El 5 de agosto de 2004, once días antes de entregar la presidencia de la república, Hipólito Mejía firmó el tratado de libre comercio, entre nuestro país y los Estados Unidos de América, conocido como DR-CAFTA. Dicho tratado entraría en rigor el 7 de marzo del 2007.
Este acuerdo, no tiene fecha de vencimiento. Aunque sí tiene calendarios de desgravación arancelaria, unos 20 años (240 meses) para la mayoría de los productos, entre ellos el arroz.
A partir de la vigencia, quedaban las autoridades dominicanas en la obligación de desarrollar las políticas y programas que más conviniesen a la industria o al sector que sería afectado al termino de dicho plazo.
La responsabilidad de transformar la matriz productiva del arroz, como en otros rublos, tenía un plazo conocido para evitar los efectos adversos, sin embargo, conforme a los tiempos de gobernanza es justo recordar, que el 80%, unos 192 meses, son imputables a los gobiernos de Danilo Medina y de Luis Abinader. Pero como dice la sabiduría popular “el ultimo monito es el que se ahoga”, lo cual nos lleva a enfocar bien la mirada; el esfuerzo debió ser mayor, a medida que se acercaba el desgravamen al 0%.
Por lo anterior, es relevante escarbar un poco sobre qué se hizo en estos últimos años desde el gobierno.
Pues bien, el señor Limbert Cruz López fue ministro de agricultura desde agosto 2020 a enero 2026, y desde ese mes a la fecha, lo es el sr. Olivero Espaillat, precisamente del sector arrocero.
Las estadísticas del sector dicen claramente que la importación de arroz, comparando el período 2015-2020 versus 2021-2026, más que se triplicó, y eso acusa a una mayor emisión de permisos de importaciones; unas 23,000 toneladas promedio/año, y unas 75,000 toneladas promedio/año respectivamente. ¿Por qué sucedió esto? Muchos opinan que dichos permisos arrastran frecuentemente coimas y corrupción, pero, sobre todo, al ser un alimento con peso político, ayudaría al gobierno en su deseada reelección del año 2024. La conducta de las actuales autoridades, no le han sido ajenas a la representación comercial de la embajada nortea americana en el país (ellos mismos recibieron órdenes de arroz), en consecuencia, aunque sea correcto y oportuno intentar la compresión y una reconsideración de parte de Washington, este gobierno se la ha puesto difícil al sector arrocero. El daño era previsible, lo sabían, pero no les importo, la reelección era la prioridad. Preservarse moralmente, no era parte de los esquemas de Monipodio.
No obstante, esa realidad, surgen muchas interrogantes. ¿Por qué no hubo de parte de los grandes molineros y productores de arroz una resistencia fuerte contra esas importaciones masivas, las que ya son el 15% del consumo nacional? ¿Por qué no denunciaron la emisión de tantos permisos de importación? ¿Por qué no reclamaron transparentar a quiénes se les otorgaban esos derechos a cuotas? ¿Por qué el sector a sabiendas que tenía y tiene la obligación de aprovechar esos 20 años para tecnificarse, pide hoy al gobierno que detengan las deportaciones de haitianos, y le regularicen 28 mil braceros más, esos en adición, a los 280 mil que tiene ya el sector agrícola?
Todas estas preguntas señalan hacia una sospecha, al sector no le ha ido mal, y esperan les siga yendo bien, o mejor. Por tanto, debemos razonar: Nadie quiere emplear más trabajadores, si no esperan ganar más, y seguir en el negocio.
Con esa sospecha en la mesa, y “algo de ficción” paso a la novela ejemplar de Miguel de Cervantes “Rinconete y Cortadillo” de 1613, y con ella recuerdo a Monipodio, quien aparece como jefe de una cofradía de fulleros en la ciudad de Sevilla, España, mientras que Rinconete y Cortadillo, dos aprendices.
En este símil, la mayor autoridad es nuestro «monipodio moderno» (el gobierno), que se traduce en la novela como un amasijo de acuerdos ilícitos y confabulaciones, así que el apellido ya anuncia su oficio, en la trama del arroz, podría ser desde un local de oficinas, por ejemplo, Santiago de los Caballeros, Moca o Santo Domingo, da igual.
Mi esperanza en este relato, es ver si surge uno o muchos rinconetes arrempetidos, que puedan explicar lo acontecido verdaderamente en estos 6 años de excesivas importaciones de arroz, y sobre las que nadie de parte de Monipodio se hará responsable de dar las justificaciones; y entre otras razones, porque las tres partes sabían que todo plazo se cumple. Los del DRCAFTA, también.
En la trama de la novela, como la nueva del arroz, los dos jóvenes pícaros, Rincón y Cortado, podrían ser representados por el sector productor de arroz, el primero, y el sector importador de alimentos que requieren autorización del ministerio, el segundo. Ambos, se conocen el camino y practican bien sus negocios, llegan al ministerio, quien representa al gobierno, pero allí descubren que nadie puede importar, sin permiso de la organización que dirige Monipodio, y sin que se le retribuya debidamente. Intermediarios, los llevan a su local u oficinas, esta vez, no al barrio de Triana, en Sevilla, más bien donde se someten a escrutinios procedimentales.
En la realidad, el Monipodio Moderno debe lucir que se dedicada a los mejores intereses del agro dominicano, pero pocos le creen, la fecha para una deseada reelección está muy cerca. En un proceso así, surgen jerarquías, y repartos destinados a la política. En la novela de Cervantes, los pillos hasta rezaban, se mostraban devotos, lo cual creaba una sátira mordaz de la hipocresía religiosa y de la corrupción social de la época, incluyendo la complicidad de la justicia, que se dejaba sobornar. En esta trama arrocera, o ficción paralela, pretendo que al menos, estos dos sectores guarden una buena y cabal apariencia de hombres de negocios.
Nuestro Rinconete, al igual que el de la novela, es el más reflexivo de los tres personajes, por lo que empezó a dudar, al escucha que del otro lado del océano reclaman cumplimiento de lo pactado hace ya 20 años, él es, el que tiene más que perder a corto y mediano plazo, sus tierras no se enrollan como pergaminos y se meten una gaveta o caja fuerte. Su medio de vida se extiende desde Rincon (La Vega) a Rincón de Molenillo, y por toda la provincia Valverde.
El haber callado, o quizás participar de esas importaciones de arroz, hoy le recuerdan que cuando verdaderamente sean libres las importaciones, sin trabas arancelarias ni burocráticas, la novela terminaría con él, anunciando que deberá dejar la «actividad productiva», si Monipodio no hace algo. En buen dominicano eso se llama, pedir cacao.
La historia del Rinconete arrepentido de los años 1600’s quedo abierta en la novela, pero en el drama del arroz dominicano, evidentemente que no, ya que vemos un gran, … continuará…
El autor es economista