Antes de convertirse en un emblema del vestuario femenino, los zapatos de tacón fueron un distintivo de poder masculino. Durante siglos, fueron los hombres quienes anhelaban poseer varios pares, no por estética, sino por funcionalidad y estatus. Su historia se remonta a un escenario tan inesperado como el campo de batalla.
En la Persia del siglo XVI, los jinetes incorporaron el tacón a su calzado con un objetivo práctico: asegurar el pie en el estribo y mejorar la estabilidad al disparar arcos mientras cabalgaban.
No estaban pensados para caminar largas distancias ni para correr, sino para dominar el caballo con mayor precisión. En un contexto donde la guerra era un asunto exclusivamente masculino, este diseño se convirtió en una herramienta estratégica y, con el tiempo, en un signo de autoridad.
A medida que el Imperio Persa expandía su influencia a través del comercio y la diplomacia, este singular calzado llamó poderosamente la atención de las cortes europeas. En una época en la que la nobleza valoraba lo ornamental por encima de lo práctico, el tacón fue rápidamente adoptado como símbolo de prestigio, riqueza y poder, atributos entonces asociados al género masculino.

No resulta casual que uno de sus mayores impulsores fuera Luis XIV de Francia. El monarca del Palacio de Versalles, consciente de su baja estatura, encontró en los tacones una forma de imponerse visualmente en la corte y reforzar su imagen de autoridad. Mandó además a teñirlos de rojo, un color reservado exclusivamente a la nobleza, convirtiendo el calzado en una declaración política y social.
Otros soberanos siguieron su ejemplo. Retratos de Carlos II de Inglaterra lo muestran luciendo tacones con orgullo, y en España, Fernando VI aparece representado desde su infancia calzando zapatos elevados, también de suela roja, reafirmando así su pertenencia a la élite.

Cuando el tacón seduce a las mujeres
El auge del tacón coincidió con un momento clave en la historia del vestir femenino. Las mujeres de la nobleza comenzaron a apropiarse de elementos tradicionalmente masculinos: fumaban en pipa, usaban sombreros de corte varonil y, naturalmente, incorporaron también este calzado a su indumentaria. Más que una cuestión de moda, se trataba de una estrategia de diferenciación social frente a las clases trabajadoras, cuyo día a día exigía zapatos cómodos y funcionales.
Tras la Revolución Francesa, el rechazo a los excesos de la aristocracia provocó la caída en desgracia de los tacones, tanto en hombres como en mujeres. La nueva mentalidad promovía la sencillez, la comodidad y una mayor movilidad, valores alineados con los ideales de igualdad social.
No fue hasta el siglo XIX cuando el tacón regresó, esta vez asociado de forma casi exclusiva al universo femenino. La estética victoriana, obsesionada con resaltar la silueta y la postura, encontró en este calzado un aliado perfecto para estilizar la figura y acentuar las curvas. El gusto masculino por los tacones parecía haberse desvanecido… aunque no de manera definitiva.
En la actualidad, cada vez más diseñadores apuestan por zapatos elevados para hombres en las pasarelas, recordándonos que la moda es cíclica y que las nuevas generaciones están desdibujando, e incluso eliminando, las fronteras tradicionales entre lo masculino y lo femenino. Al final, los tacones no solo elevan la estatura, sino también el relato cultural de quienes se atreven a llevarlos.