Todo proceso constructivo sigue una hoja de ruta establecida y conocida de antemano. En el cronograma de obra queda plasmado cada hito y su relación de dependencia o linealidad con los demás. Cada escuela ha desarrollado su metodología de trabajo sobre la base de la prueba y el error, lo que no queda claro es cuál es la relación causal del denominado “primer picazo” inicial y el “corte de cinta” final.
Al término de toda obra, es lícito que los promotores (públicos o privados), mediante algún tipo de acto simbólico (rotura de botella de champaña durante la botadura de un barco, apretado de botón en una planta, primer viaje en una línea de autobús/metro/teleférico) dejen formalmente inaugurada la obra en cuestión.
En comunicación política, la conversión del hito constructivo en hito informativo es clave. Al traducir los hechos a palabras, se cierra el círculo semiótico, adquiere sentido político la ejecución de la obra, y su corporeidad se valida en el imaginario popular… no al revés.
Es decir, el corte de cinta funciona como certificador de ejecución de la obra y garantía de su puesta en uso, de ahí que todo el relato posterior cumple su fin narrativo porque la obra existe, porque está ahí.
Generar noticia de una noticia es una jugada arriesgada. Cuando el primer picazo de una obra es la noticia, porque la prioridad de la comunicación es priorizar el hito comunicativo –quedando la ejecución relegada a un segundo plano–, se corre el riesgo de ser víctima de un efecto bumerán en la medida que la construcción de la obra no se concreta (o avanza) a la velocidad de las expectativas generadas en la actividad inicial.
Si a nivel de gestión la comunicación avanza más rápido que la ejecución física, el descalce temporal, tarde o temprano se convierte en bache narrativo, y eso, al final, pesa.
Desde comienzos de esta gestión de gobierno se asumió la práctica de privilegiar el anuncio sobre la obra misma, y, aunque eso permitió en poco tiempo dominar el relato de una política constructiva desparramada por todo el territorio, la no coordinación entre la comunicación y la ejecución permitió que la brecha se agigantara.
Si a eso se agrega que a comienzos de gestión no existía una política eficiente de seguimiento de la ejecución pública, tableros de control y mecanismos de verificación en tiempo real de los indicadores de resultados, se puede entender por qué los primeros picazos se daban en una cuantía y generalización que, agotados los plazos de ejecución prometidos, no se correspondían con los cortes de cintas de las obras en cuestión, ya finalizadas y operativas.
Menos primeros picazos y más inauguraciones, ese es el desafío.
No sólo se trata de cambiar un paradigma comunicacional, sino de evitar que el listado de obras iniciadas y no concluidas se imponga en el imaginario colectivo sobre las que sí han sido terminadas e inauguradas. Que son muchas.