A propósito de otro 24 de abril, dos vías, un mismo objetivo
La experiencia histórica del siglo XX y lo que va del XXI permite identificar con claridad dos métodos mediante los cuales la izquierda ha intentado imponer proyectos de corte socialista (o comunista) en distintas naciones.
El primero es el camino clásico, la toma violenta del poder, propia de la Guerra Fría. El segundo, más sofisticado y persistente, es la vía gradual o “suave”, basada en la erosión progresiva de las instituciones democráticas desde dentro. Ambos caminos, aunque distintos en forma, comparten un mismo propósito, la concentración del poder político y el rediseño del orden social.
La vía violenta con la consabida exportación revolucionaria y su modelo insurreccional tuvo su mayor éxito en la Cuba de Fidel Castro, cuya revolución sirvió como punto de irradiación para movimientos guerrilleros en toda América Latina. Organizaciones como las FARC en Colombia, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua son ejemplos de ese intento de replicar el esquema cubano, generando conflictos prolongados, inestabilidad institucional y profundas heridas sociales.
En la República Dominicana, esta lógica también tuvo expresión. La figura de Francisco Caamaño, uno de los protagonistas de la Guerra de 1965, reaparece en 1973 encabezando una expedición guerrillera con el objetivo de iniciar una revolución rural. Aquella intentona fue rápidamente neutralizada por las Fuerzas Armadas, sin lograr el apoyo popular necesario. Apoyo de vocingleros de la izquierda que nunca llegó.
Más allá del juicio histórico que se tenga sobre ese episodio, lo cierto es que respondía a la misma matriz estratégica continental, la insurrección armada como vía de acceso al poder.
La vía suave como en el caso venezolano, al paso del tiempo, y tras múltiples fracasos armados, la izquierda readecuó su estrategia.
El caso paradigmático es el de Hugo Chávez. Aunque protagonizó un intento de golpe de Estado en 1992, posteriormente accedió al poder mediante elecciones democráticas. Una vez dentro del sistema, inició un proceso sistemático de concentración de poder, control institucional, rediseño constitucional y debilitamiento de contrapesos.
Este modelo no elimina la democracia de inmediato; la transforma gradualmente hasta vaciarla de contenido. La sucesión en Nicolás Maduro consolidó este esquema, convirtió el país en un laboratorio de alianzas «antiimperialistas» con Rusia, China e Irán. Porque claro, si el poder viene de Washington es «intervencionismo», pero si viene de Moscú o Pekín es «solidaridad revolucionaria».
Y caemos en el caso dominicano que se da entre relato y realidad. La historia política dominicana ha sido objeto de narrativas entre cuentos, leyendas y omisiones evidentemente ideologizadas. El profesor Juan Bosch, figura central del siglo XX, terminó reconociéndose como “marxista no leninista”. Fundó en 1973 un partido de orientación más a la izquierda que su organización original, el PRD.
Su derrocamiento en 1963 ocurrió mediante un golpe de Estado incruento (esto es, sin violencia), ejecutado por sectores civiles, eclesiásticos y militares que lo acusaban de tendencias procomunistas. Este episodio ha sido presentado frecuentemente de forma simplificada, omitiendo la complejidad ideológica y geopolítica del contexto.
Asimismo, los conflictos internos del movimiento revolucionario y las divisiones posteriores reflejan una constante histórica, los «revolucionarios puros» tienen una curiosa tendencia histórica, desaparecer cuando dejan de ser útiles. Como Saturno, el sistema se come a sus propios hijos. Que lo pregunten (si pudieran) a varios de los protagonistas de la revolución cubana. No dudo que de triunfar el movimiento revolucionario en RD, hasta el mismo Bosch hubiera sido la primera víctima del «combo comunista» que lo rodeaba.
La opción siempre era democracia imperfecta vs. utopía fallida. Tras la crisis de los años 60, esa democracia «burguesa» imperfecta tan denostada, fue la misma que permitió que discípulos de Bosch gobernaran. Unos con luces y reformas institucionales importantes, otros con sombras. Pero, a la postre, gobernaron en democracia.
Paradójicamente, figuras y corrientes que en su momento cuestionaron ese orden, han terminado participando de él, evidenciando una contradicción entre discurso y práctica.
Ahora se llegó al fin del monopolio del relato. Hoy, el terreno de la disputa es cultural y comunicacional. Las redes sociales han democratizado la construcción del relato histórico y político. Ya no depende únicamente de élites mediáticas o académicas. Esto abre un nuevo capítulo, el de la confrontación abierta de ideas, donde las versiones «oficiales» pueden ser cuestionadas y contrastadas.
En definitiva, la historia no es unívoca ni neutral. Tiene múltiples lecturas, pero ignorar los patrones (la violencia revolucionaria de ayer y la erosión institucional de hoy) impide comprender los riesgos que enfrentan las democracias.
Entre la épica revolucionaria y la realidad histórica, existe una distancia que conviene examinar con rigor, ya que más allá de los relatos, los resultados están a la vista.
“En un mundo en el que la mentira es poderosa, la verdad se paga con el sufrimiento”.
Benedicto XVI (1927-2022)