Han pasado casi dos décadas desde que The Devil Wears Prada («El diablo viste a la moda») convirtió el mundo de la moda en un campo de batalla elegante, cruel y adictivo. Lo que en su momento fue una comedia con filo, sostenida por personajes precisos y una estructura impecable, regresa ahora en forma de secuela con una intención clara, mirar hacia atrás mientras intenta entender un presente que ya no funciona bajo las mismas reglas. Y ahí es donde empieza su conflicto.
«The Devil Wears Prada 2» no es simplemente un reencuentro con personajes icónicos. Es una película que intenta procesar la caída de un sistema. El glamour sigue ahí, los viajes, los desfiles, las oficinas imposibles, pero debajo de esa superficie hay algo más incómodo, una industria que ya no tiene el mismo poder, un periodismo que se desmorona y un modelo editorial que lucha por sobrevivir en medio de algoritmos y métricas vacías.
Anne Hathaway regresa como Andy Sachs, pero esta vez no es la joven insegura que entra a Runway sin entender ese mundo.
Es una periodista formada, alguien que logró salir del sistema y construir una identidad propia. Sin embargo, la película decide despojarse rápidamente de esa estabilidad.
En una de sus primeras escenas, es despedida de manera casi absurda junto a todo su equipo, un gesto que no busca sorpresa, sino reflejar una realidad que hoy resulta demasiado familiar en el mundo de los medios. Ese inicio define el tono. Este no es un cuento aspiracional. Es un relato sobre la pérdida.
El regreso de Andy a Runway, ahora desde una posición distinta, no se siente como una oportunidad, sino como un retroceso necesario. Miranda Priestly sigue siendo el centro gravitacional, pero ya no es la figura intocable que dominaba cada espacio. Hay algo diferente en ella.
Meryl Streep interpreta a Miranda con una leve grieta en su autoridad, una sensación de desgaste que nunca se verbaliza completamente, pero que está presente en cada gesto. El mundo cambió, y Miranda lo sabe.
La película intenta capturar ese cambio desde múltiples ángulos. La caída del print, la obsesión con el contenido rápido, la presión de los números, la irrelevancia progresiva de lo que antes definía el buen gusto. Runway, ese templo de la moda, ahora parece una estructura en crisis, una reliquia que no termina de adaptarse a un ecosistema que ya no necesita su aprobación. Y sin embargo, el film no siempre sabe qué hacer con esa idea.
Narrativamente, la secuela se mueve en un terreno familiar. Repite estructuras, recrea dinámicas, insiste en momentos que buscan generar nostalgia más que avanzar la historia.
Las relaciones entre los personajes regresan a sus puntos conocidos, las tensiones se reciclan, y muchas de las escenas funcionan más como guiños que como evolución real. Eso no sería un problema si la película lograra sostener una nueva mirada. Pero no siempre lo consigue.
El guión introduce nuevos conflictos, desde escándalos corporativos hasta intentos de reposicionar la revista, pero rara vez profundiza en ellos.
Todo se siente funcional, como si la historia avanzara por obligación más que por necesidad. Incluso los nuevos personajes, que deberían aportar frescura, terminan siendo herramientas narrativas sin peso propio. Donde la película sí encuentra algo de vida es en su elenco original.
Streep sigue siendo magnética, incluso cuando el guión no la respalda completamente. Hathaway logra transmitir esa mezcla de ambición y desencanto que define a Andy en esta nueva etapa. Stanley Tucci, como Nigel, aporta momentos de humanidad que recuerdan por qué estos personajes funcionaron tan bien en el pasado.
Emily Blunt, por su parte, mantiene esa energía mordaz que convierte cada escena en algo más afilado de lo que está escrito. Pero incluso ellos no pueden ocultar una sensación constante de repetición.
La película parece atrapada entre dos impulsos. Por un lado, quiere ser un reflejo contemporáneo de una industria en crisis.
Por otro lado, no quiere abandonar el tono ligero y accesible que hizo del original un éxito. Ese equilibrio nunca termina de consolidarse. Hay momentos donde la crítica al estado del periodismo es clara y directa, pero inmediatamente después se diluye en secuencias que buscan simplemente entretener.
Visualmente, la película mantiene una elegancia que cumple con lo esperado, pero sin sorprender. La dirección apuesta por la observación más que por la construcción.
Las escenas no buscan reinventar el lenguaje visual del primer film, sino replicarlo con ajustes mínimos. El resultado es correcto, pero carece de la energía que hacía que cada secuencia del original se sintiera como un pequeño evento.
Incluso la moda, que debería ser uno de sus pilares, se percibe irregular. Hay momentos de verdadero impacto visual, pero también decisiones que no logran transmitir esa sensación de vanguardia que definía el universo de Runway. La estética ya no lidera, acompaña. Y luego está el final.
Sin entrar en detalles, la resolución opta por una salida que contradice gran parte del discurso que la película construye.
Después de establecer un mundo donde el dinero y las corporaciones destruyen estructuras, la historia decide apoyarse en esa misma lógica para ofrecer una solución. Es un cierre que funciona narrativamente, pero que resulta temáticamente ingenuo.
Aun así, sería injusto decir que «The Devil Wears Prada 2» no funciona.
Funciona como reencuentro. Funciona como un espectáculo ligero. Funciona como recordatorio de lo que estos personajes representaron. No logra trascender eso.
No alcanza la precisión emocional ni la claridad narrativa del original. Es, en muchos sentidos, un eco.
Un reflejo de un mundo que ya no existe, intentando adaptarse a uno nuevo sin terminar de entenderlo. Y quizás ahí está su mayor valor.
No en lo que dice, sino en lo que revela sin querer. Incluso las historias más elegantes pueden quedarse sin dirección cuando el contexto cambia demasiado rápido.Y que, a veces, el verdadero drama no está en el ascenso, sino en la imposibilidad de sostenerlo.