En los últimos días, varios han sido los editoriales del Listín Diario dedicados a un tema que trasciende edad, sexo, clase, etc.; un tema que nos drena y que hemos normalizado y asumido como inevitable.
Vivimos una cultura de ruido, bulla, irrespeto por la convivencia ciudadana, desprecio por el orden y la autoridad. Estas actitudes revelan un peligro mayor: la disolución del fundamento de solidaridad y amor al prójimo que caracterizó por siglos el pueblo dominicano; características propias de su espíritu cristiano; valores que se fueron por el sumidero de la historia gracias a la indiferencia de las autoridades y las complicidades de las élites.
Este caos es democrático, nadie está a salvo. Ni los más ricos en sus torres blindadas pueden impedir que el ruido entre a sus condominios en forma de un vecino “particular”, o que alguien dentro de la casa suba la bocina, el timbre del teléfono o que hable alto. De los pobres, mejor ni hablar.
Vivir en un barrio es estar condenado desde antes de nacer a una realidad híper sonorizada. No importa que la mayoría quiera dormir en silencio, igual alguien subirá la bocina a todo volumen y los colmados pondrán emisoras diferentes… a todo volumen también.
Vivimos una cultura donde el ruido se justifica mientras más se amplifica: “musicólogos” justificando su derecho a poner su música a tope; motores sin mufflers, carros preparados para que suenen; camiones, patanas, volteos, carros, motores, tocando bocina como locos. Para el Homo dominicanensis, parecería que tocar bocina es una sublimación fálica, un elemento ritual del cortejo precoital.
Vivimos una cultura del ruido absolutamente normalizada, aceptada, justificada y legitimada. La gente protesta si le llaman la atención, si le piden que por favor baje la música; la policía es desafiada cuando quiere hacer cumplir la ley (y robarse las bocinas, de paso). Benito Juárez .se lee al revés, y el respeto al derecho ajeno es dejar que el otro haga lo que le de la gana; porque en este país, el derecho de uno no termina donde comienza el del otro, porque el derecho a hacer bulla es infinito, sin límites, y aplasta el derecho de los demás a tener una vida sin ruidos.
El ruido ya cobra su precio. Más de 70,000 personas tienen problemas auditivos… y en aumento. El ruido genera ansiedad y estrés, incrementa el cortisol; esto a su vez dispara la glucosa, la presión, agrava los problemas de insomnio, y nos vuelve irritables, melancólicos, tristes, deprimidos y violentos.
Lleva toda la razón Listín Diario al asumir la lucha contra el ruido como una cruzada nacional, una de las que las autoridades no pueden sustraerse, pues es su responsabilidad hacer cumplir las leyes. Una cruzada que se haga sentir, que alce su voz mucho más alto que todos los demás ruidos. El único ruido que debería escucharse es ese, el de una sociedad que no quiere ruidos, que quiere paz.