En mis tiempos en las cosas del Señor y con el Señor de las cosas en la Iglesia católica, los prelados no callaban ni daban la espalda ante las diferentes situaciones sociales que ocurrían. La Iglesia siempre tenía una postura y, a nivel periodístico, era una fuente a la que acudir.
En el 2008, el director de la Policía Nacional, Guillermo Guzmán Fermín, contaba con carta blanca de parte de Leonel Fernández para matar a delincuentes que tenían en zozobra a la sociedad.
El cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez estaba de acuerdo; llegó a decir “que quienes cometen delitos no tienen mayores derechos humanos que sus víctimas”, por lo que la Policía Nacional tenía el deber de enfrentar a los delincuentes en su terreno. Contrario a él, Luis Rosario y Porfirio Rojas Nina pedían buscar una forma de reducir los intercambios de disparos. Los obispos llegaron a reunirse con los directores de la Policía y la DNCD porque, en los supuestos intercambios, mataron a empleados de la Iglesia. La historia se repitió con Danilo: en el 2013 López Rodríguez y algunos obispos favorecieron los intercambios, mientras que en el 2017 la carta pastoral los cuestionaba.
El sistema no funcionaba ni funciona ahora; no existen políticas públicas ni otros factores que permitan a alguien decidir no delinquir, por eso la historia se repite. Lo que me sorprende es que la voz de la Iglesia católica esté muerta, de espaldas a su realidad y olvide las enseñanzas de Jesús.