Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
A oscuras, los vitrales de la parroquia universitaria Santísima Trinidad lucen opacos, pero vistos en verano, hacia las seis de la tarde, atravesados por todos los rayos del sol poniente, son un espectáculo. Entonces, desde la cruz, Cristo rey, crucificado y resucitado, pareciera hablarnos junto a los apóstoles, que caminan con él mientras cae la tarde. La luz del sol pone a valer cada una de las figuras y colores de los vitrales. Así también, todo el que ora coloca su vida, proyectos y pensamientos a la luz del Señor que revela su verdadero valer.
Evangélicos y católicos compartimos esta convicción expresada por Juan en su primera carta “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna” (1ª Juan 1, 5).
Orar es voltearse hacia esa luz. Cuando Israel quiso comunicar su experiencia de Dios como fundamento y sentido de su vida escribió: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo. Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.
Dijo Dios: –Que exista la luz. Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena; y Dios separó la luz de las tinieblas; llamó Dios a la luz: día, y a las tinieblas: noche… (Génesis 1, 1 – 5).
Cuando oramos nos volvemos hacia esa luz inicial, lo primero que el Señor creó e iluminados por esa luz, todo lo que somos y pretendemos alcanza su verdad. No todo es luminoso en nuestras vidas, pero el Señor no se asusta de nuestras oscuridades, porque “la tiniebla no es oscura para ti, la noche es clara como el día (Salmo 138, 12). A la luz de la oración, podemos separar la verdad de la trampa.
La oración nos libera de esa falsa luz interesada y tenebrosa de la aprobación de otros, que se va adueñando de vidas y redes. Jesús denunció: “¿Cómo pueden creer, si viven pendientes de la aprobación que se dan unos a otros, en lugar de buscar la que sólo viene de Dios?” (Juan 5, 44).
Orar no es asunto de inventar el sol, sino de abrirle todas nuestras ventanas “a la luz verdadera que ilumina a cada persona…” (Juan 1, 9). También a nosotros, Jesús nos enseña: “caminen mientras tengan luz” (Juan 12, 35).