Emerson Sorianoemersonsoriano@hotmail.com
Eran las cinco de la tarde del jueves 12 de marzo del año 2015. La tarde pintaba como que iba a llover, pero el inmenso nubarrón que se había puesto se disipó para dar paso a una soleada tarde digna de la primavera que pronto llegaría.
Subí al piso donde estaba ubicada el área de recién nacidos. Mi corazón palpitó como queriendo salirse del pecho al abrirse la puerta del ascensor. Medio turbado, vacilé unos segundos, incapaz de poder controlar el arrobo que me producía convertirme en abuelo de mi primera nieta.
Seguí por un pasillo que en ese momento me pareció angosto, pero que luego de ese día -habiéndomelo permitido ya sosegado espíritu- pude reconocer, entonces, su normal y bien proporcionada dimensión. Al final del pasillo me esperaban las dos abuelas, Rita y Marilis, mi hijo Franklin Darío y nuestro amado Bachi, mi cuñado ido a destiempo, que siempre estuvo presente en esos momentos familiares de justificada alegría.
De hecho, él solo, bastaba para amenizar con sobrada presteza cualquier encuentro familiar. Me ofreció ese rostro único con que proyectaba a los demás las satisfacciones y con voz profética me dijo: “nació tu gobierno”.
Luego vinieron los felices días en que todos vivíamos en una misma casa, y esto nos permitió prodigarle a la hermosa criatura la convergencia de amores y mimos debidos a una reina: la atención de todos estaba concentrada en ella, competíamos por resultarle el más gracioso o el más consentidor para ganar el favor de su preferencia. Recuerdo haber recurrido al silbato de una pieza italiana de corte marcial -cuyo nombre se ha llevado el polvoriento remolino de mi maltrecha memoria- con el que llegaba a la casa o me acercaba a su cuna para verla levantar su cabecita, como queriendo orientarla hacia la encantadora melodía.
Se esfumó el tiempo, no sin dejar la hermosa huella de las tardes de “bici” o en la heladería, o de un día de pesca, y del acompañamiento al “cole”, claro, cuando aún no le había llegado la etapa en que le avergonzaran los mimos prodigados frente a sus compañeritos, “no fueran a verla como una niña”. Ahora voy a buscarla al “cole”, tropiezo y me fracturo un brazo, y es ella quien corre hacia mí turbada y triste, a mimarme y sin tapujos repetirme que me ama. Anteayer fue otra vez jueves, 12 de marzo, ahora a las cinco de la mañana y Dios me permitió -una vez más- la fortuna de cantarle “cumpleaños feliz” a Ximena Pilar Soriano Fermín, mi gobierno.