Según los cables de prensa internacionales, México enfrenta hoy una realidad inquietante: más de 80 grupos del crimen organizado operan en su territorio y alrededor del 40 % de los estados tienen zonas divididas o disputadas entre uno o varios cárteles.
Los más poderosos —como el cártel de Sinaloa y el cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG)— concentran capacidad logística, armamento, redes financieras y presencia transnacional. Otros, debilitados o fragmentados, siguen actuando como piezas de un mosaico violento que se reconfigura constantemente.
La reciente eliminación de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho” —líder del CJNG—, es parte de ese escenario, el que ha sido descrito por diversos analistas como uno de los golpes más significativos al narcotráfico de las últimas décadas. En las operaciones anteriores algunos capos fueron detenidos cuando ya habían perdido parte de su poder, pero esta acción impactó contra una estructura que aún conservaba influencia territorial, financiera y operativa.
La historia regional sugiere cautela: la caída de un capo mayor no implica automáticamente la desaparición de la organización delictiva. Frecuentemente, abre un proceso de fragmentación que multiplica actores y conflictos.
México es el punto más visible de una dinámica que atraviesa buena parte de América Latina.
Desde el triángulo norte centroamericano hasta zonas de Colombia, Ecuador o el Caribe, las organizaciones criminales han evolucionado de redes de tráfico a estructuras híbridas que combinan narcotráfico, comercio ilegal, extorsión, contrabando, control territorial y penetración política. El fenómeno dejó de ser exclusivamente delictivo para adquirir dimensiones estratégicas y geopolíticas.
Donde el Estado no logra monopolizar la fuerza ni garantizar justicia oportuna, surgen actores paralelos que ocupan el vacío. Una fragmentación criminal como la que se observa en México produce un efecto multiplicador: cuando las grandes estructuras se debilitan, surgen células más pequeñas, menos previsibles y con mayor propensión a la violencia local.
Para América Latina, la eliminación de un capo de alto perfil representa un éxito táctico, pero implica un momento de transición. Sin políticas integrales de inteligencia financiera, cooperación internacional sostenida y fortalecimiento institucional, el espacio que deja un líder es ocupado por otros.
El desafío es transformar el golpe operativo en una oportunidad estratégica para reducir la capacidad de regeneración de las redes criminales.
En este contexto, nuestro país no puede permitirse la complacencia. Su posición geográfica en el centro de las rutas marítimas que conectan Suramérica con Norteamérica y Europa lo convierte en punto estratégico para las actividades ilícitas.
La estabilidad dominicana ha sido hasta ahora un activo fundamental, pero la experiencia regional demuestra que se requiere vigilancia constante.
El país debe seguir reforzando tres frentes esenciales: inteligencia financiera robusta para detectar el lavado de activos; control marítimo y portuario bajo estándares internacionales, con interoperabilidad entre fuerzas militares, policía y Ministerio Público e integridad institucional como barrera contra la infiltración del crimen organizado en estructuras económicas o políticas. La prevención estratégica es menos costosa que la reacción tardía.
México ofrece una advertencia trascendental tras consentir décadas de acumulación de poder por los cárteles y disputas territoriales. La eliminación de un narcotraficante poderoso muestra que el Estado puede golpear con eficacia, pero también que la lucha es de largo aliento. América Latina debe ver estos hechos con serenidad estratégica, no con triunfalismo.
Para la República Dominicana el mensaje es claro: consolidar instituciones fuertes, anticipar riesgos y mantener cohesión nacional. La seguridad no se defiende únicamente con operativos espectaculares; se construye con previsión, cooperación internacional inteligente y una cultura de legalidad que no deje espacios al crimen organizado. Prevenir, en este campo, siempre será más prudente que tener que recuperar lo perdido.