Así como la “Operación Militar Especial” de Putin contra Ucrania duraría semanas (y ya lleva cuatro años), asimismo, a la decapitación del régimen iraní no le siguió el levantamiento del pueblo, ni la caída del régimen… todo lo contrario.
Los paralelismos no aplican porque los contextos difieren. Putin pelea contra Ucrania y toda la OTAN, mientras que Teherán enfrenta en cuasi solitario a la potencia militar más poderosa de la historia. Lo de cómo se materializará en el terreno la supremacía militar aérea, y por cuánto tiempo y a qué costo (financiero y humano) podrán desplegarse tropas, es otra cuestión.
Así como inevitable es el desenlace militar a favor de Estados Unidos, así también puede proyectarse en el tiempo el dislocamiento de los precios en el mercado energético que supone el conflicto. La guerra puede acabar mañana mismo y los precios del petróleo y sus derivados no volverán a los niveles prebélicos, por lo menos, no inmediatamente.
En ese escenario de volatilidad e incertidumbre planetaria, los países importadores netos de petróleo se encuentran en una difícil coyuntura, y República Dominicana no es la excepción.
Desde la primera semana del conflicto, el ministro de Industria, Comercio y MiPymes –Eduardo Sanz Lovatón– afirmó que el gobierno tomaría las medidas de lugar para garantizar suministro y disponibilidad de combustibles; posición que fue ratificada y ampliada a otros ámbitos por el ministro de Hacienda y Economía –Magín Díaz– en varios escenarios; hasta que el pasado 19 de marzo, el Estado, tras reunión de Consejo de Gobierno, comunicó una serie de medidas que procuran un fin específico: “proteger a los grupos más vulnerables de la población”.
Que el presidente Luis Abinader hablara ayer al país y repitiera las mismas medidas asumidas y comunicadas previamente, no es una reiteración ni una duplicidad, sino una reafirmación del compromiso asumido por el Estado y la firmeza de las medidas dispuestas. Más allá de las falacias ad hominen o ad verecundiam, en democracia, la autoridad epistémica de un presidente es la primera fuente de verdad… o, por lo menos, de cara a la gobernabilidad, debería ser así.
Si las cosas se toman dependiendo de dónde vienen (o de quién las dice), el mensaje del presidente no deja margen de dudas. El gobierno hará todo a su alcance para: 1) Mantener la estabilidad macroeconómica, fiscal y social; 2) Monitorear precios de alimentos e insumos agropecuarios, implementando subsidios a fertilizantes para evitar espiral inflacionaria; 3) Sostener la inversión pública como motor del crecimiento económico.
Abinader ha demostrado pericia navegando en aguas turbulentas (COVID, inflación mundial, guerra de Ucrania), y su mensaje es “claro y honesto”, pero también oportuno y transparente. Todos tendremos que hacer sacrificios, ajustes y recortes, comenzando por el gobierno; y toca también entender y comprender la naturaleza externa del gran desafío que tenemos por delante, uno que nos obliga a ser consecuentes y pragmáticos.