Las peleas escolares son tan antiguas como las propias escuelas. Todos recordamos en nuestra infancia y adolescencia haber presenciado o protagonizado alguna que otra pelea en el patio o aula de clases.
No obstante, en los últimos años el fenómeno ha experimentado importantes transformaciones, pues gracias a los videos que se difunden por las redes sociales, ya no se trata de una simple pelea que se queda atrapada en la esfera del plantel escolar donde se produce.
Recientemente, en el liceo Juan Pablo Duarte, el profesor de Lenguas Modernas Naony Anderson Solano, denunció que fue agredido el pasado jueves 17 de febrero 2026 por dos estudiantes de entre 16 y 17 años dentro del plantel.
De acuerdo con la versión del educador, el incidente inició antes de la hora del recreo, cuando uno de los estudiantes agarró un zafacón, le lanzó la basura en la cara y luego empezaron a tirarles sillazos, dándoles con una en su rostro y hasta con una correa que le laceró la espalda.
Lo alarmante no es el hecho, sino la naturalización del acto sé que viene dando por parte de algunos estudiantes. En efecto, el propio profesor señaló que fue víctima de una agresión anterior por parte de estudiantes de otro de los cursos, aunque aclaró que el caso no fue formalizado ante los directores del liceo.
Representantes de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) señalaron que en ese centro educativo más de seis maestros fueron agredidos durante las últimas semanas. También se han escuchado denuncias similares en al menos tres planteles escolares de Santo Domingo.
En Santiago, la ADP protestó, dos semanas antes, por los continuos ataques que se han registrado contra docentes, lo que motivó la suspensión de la docencia en 76 centros. Al respecto, el presidente provincial de la institución, Miguel Jorge, subrayó que en los últimos tres meses más de cinco maestros fueron víctimas de ataques o intentos de agresión en el Cibao. Esta situación de violencia ha generado una gran preocupación en la comunidad educativa razón por la que el gremio solicitó más protección para los maestros, sobre todo en los centros educativos ubicados en sectores populosos.
Ciertamente, dicha violencia no es exclusiva de los estudiantes. Existen docentes a nivel inicial, básico, medio e incluso superior que ejercen violencia verbal y psicológica (recordemos el reciente caso de la niña de 2 años que fue obligada a tragar su propio vómito), la cual se manifiesta regularmente a través del abuso de autoridad y descalificaciones, cuyas prácticas afectan la dignidad del alumno.
Pero para comprender la violencia que ejercen y padecen los niños en los planteles escolares es fundamental apelar a la desigualdad social, la violencia sufrida en el hogar, la fragilidad institucional y el debilitamiento de la autoridad pedagógica.
En nuestra sociedad, si algo importante trajo la lucha del 4% es haber puesto la educación como una preocupación central en el debate público y académico. Dentro de los problemas que confronta el sector, además del nivel y la calidad educativa, entre los primeros lugares se encuentra la violencia en los espacios escolares ya que en ese escenario se expresan y confrontan desigualdades sociales mucho más amplias que se manifiestan cotidianamente a través de insultos, amenazas y agresiones físicas.
En este contexto, se destaca el acoso escolar o bullying, el cual se caracteriza por la implementación de múltiples formas de microviolencias sobre las víctimas, quienes suelen ser esencialmente estudiantes.
La medición del fenómeno presenta desafíos importantes para los cientistas sociales, tal como sucede con las estadísticas en criminalidad sobre las agresiones sexuales y violaciones ya que los datos oficiales se basan en reportes que suelen subestimar la magnitud real de la violencia, al concentrarse en los hechos graves y omitir sistemáticamente los incidentes cotidianos.
De esta forma, las encuestas que se realizan para estudiar el fenómeno de la victimización en los alumnos suelen registrar niveles significativamente más altos, evidenciando una brecha entre la violencia experimentada y la registrada.
Otra tendencia que se aprecia con claridad refiere a la concentración de la violencia en determinados centros educativos, especialmente aquellos situados en contextos socioeconómicos vulnerables.
Esto subraya la importancia de factores estructurales como la desigualdad social y la exclusión económica, que, combinados con las transformaciones culturales, erosionan las formas tradicionales de autoridad. No obstante, es fundamental evitar interpretaciones deterministas ya que la mayoría de los jóvenes en situación de vulnerabilidad no recurre necesariamente a la violencia.
En lo que concierne a las trasformaciones culturales antes mencionadas, se debe señalar la exposición constante de los niños a contenidos violentos, por vía de las redes sociales (Facebook, Tic-toc, etc.), videojuegos y plataformas digitales (youtbe) que influyen diariamente en la construcción de imaginarios infantiles, alimentando así lo que Guy Debord calificó como “una cultura de espectáculo” de la violencia que pasa por muñequitos creados y dirigidos hacia ellos, en donde continuamente se banaliza el sufrimiento ajeno reduciendo la empatía y deteriorando sus límites morales.
Ciertamente, ese fenómeno se encuentra en consonancia con la lógica de la industria militar, altamente asociada con las grandes empresas tecnológicas, las cuales dominan el campo de la producción y distribución de contenido electrónico.
Esta lectura de la problemática motivó recientemente al gobierno español a planear la prohibición del acceso a redes sociales a menores de 16 años. En síntesis, la violencia escolar es un fenómeno social y, por ende, global, cuyas variaciones dependen de una multiplicidad de factores en donde convergen dinámicas históricas, desigualdades estructurales y prácticas institucionales.
A los fines de prevenirla, se deben aportar respuestas integrales y contextualizadas que posibiliten la conformación de entornos escolares con comunidades educativas cohesionadas y relaciones sociales basadas en el respeto y la cooperación ya que los estudios internacionales demuestran que es precisamente allí donde se registran los niveles más bajo de violencia.