Hay temas que parecen lejanos al deporte hasta que tocan directamente el cuerpo del atleta. La preocupación expresada por sectores médicos ante el nuevo escenario legal en la República Dominicana no debe quedarse en consultorios, tribunales o gremios profesionales. También debe llegar al deporte.
Y debe llegar con urgencia.
El atleta de alto rendimiento no se prepara solo con entrenamientos. Se prepara con seguimiento médico, nutricional y físico. Se prepara con ajustes, observación y comunicación permanente con quienes cuidan su cuerpo.
Un paciente común puede visitar a su médico, recibir una indicación y regresar semanas después. El atleta no funciona así. Su cuerpo cambia con la carga de entrenamiento, el descanso, la alimentación, las lesiones y la presión por rendir.
Una dieta correcta en consulta puede provocar malestar durante la semana. Un suplemento puede no caer bien. Una molestia muscular puede aparecer la noche antes de competir. En esos casos, la comunicación rápida con el médico o nutricionista no es un lujo: es parte del proceso.
El problema es que, ante el nuevo escenario legal, muchos profesionales de la salud podrían optar por una medicina defensiva: actuar no desde lo que el paciente necesita, sino desde el miedo judicial.
Ahí empieza la preocupación.
Si un atleta escribe a su médico porque una dieta le provocó vómitos, debilidad o una reacción inesperada, y el especialista entiende que no puede orientar por WhatsApp, teléfono o vía remota, el atleta queda en el aire. La respuesta puede ser: “debe venir a consulta”.
Desde el punto de vista legal, quizás sea prudente. Desde el punto de vista deportivo, puede ser tarde. Y en el alto rendimiento, lo tardío muchas veces se convierte en lesión, bajo rendimiento o pérdida de preparación.
El impacto no siempre se ve de inmediato. A corto plazo, el atleta pierde orientación rápida. Ante un síntoma adverso, puede quedarse sin guía. Eso abre dos caminos peligrosos: esperar demasiado o automedicarse.
A mediano plazo, se afecta la calidad del seguimiento. Si el médico o nutricionista evita responder por temor, el proceso pierde continuidad. El atleta reporta menos. El especialista observa menos. Los ajustes llegan tarde.
A largo plazo, el país puede pagar el costo deportivo: más riesgos de lesión, peor recuperación, menor rendimiento y preparación incompleta.

No es exageración.
Un atleta que representa a la República Dominicana no compite solo el día del evento. Compite desde meses antes, en cada comida, descanso, molestia atendida a tiempo y decisión profesional que evita un problema mayor.
Esta columna no defiende diagnósticos improvisados por WhatsApp, recetas irresponsables ni consultas médicas sin evaluación.
Plantea otra cosa: el deporte de alto rendimiento necesita un protocolo especial de seguimiento remoto, claro, seguro, responsable y regulado.
Una cosa es sustituir una consulta médica. Otra muy distinta es dar seguimiento a un atleta evaluado, con expediente abierto, tratamiento indicado y una relación profesional establecida. Ahí debe existir una diferencia.
La República Dominicana necesita proteger al paciente, pero también al médico que actúa correctamente. Necesita sancionar la negligencia, pero no sembrar miedo en cada orientación responsable. Necesita ordenar la medicina digital, no apagarla.
Las autoridades deben contemplar un protocolo especial para atletas de alto rendimiento y selecciones nacionales. Ese protocolo debería establecer qué puede orientarse por vía remota, bajo cuáles condiciones, con qué consentimiento informado, con qué registro, con qué límites y cuándo debe exigirse la consulta presencial.
El deporte moderno exige ciencia, monitoreo, comunicación y respuesta rápida. Un atleta dominicano de élite no puede quedar atrapado entre el miedo del médico y el silencio de las autoridades.
En un país que aspira a mejores resultados internacionales, este debate no puede quedar fuera de la agenda deportiva nacional.
La ley debe proteger vidas, no crear silencios peligrosos. Debe ordenar, no paralizar. Debe cuidar al paciente, no dejar al atleta sin acompañamiento.
El llamado es respetuoso, pero firme: antes de que esta situación afecte la preparación de nuestros atletas, las autoridades deben aclarar, regular y crear un mecanismo especial para el deporte de alto rendimiento.
Porque cuando un atleta dominicano compite, no lleva solamente su nombre. Lleva una bandera. Y esa bandera también necesita un sistema que lo acompañe.