Vivimos rodeados de mensajes. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para comunicarnos y, paradójicamente, nunca habían sido tan frecuentes los malentendidos. Basta con revisar una conversación en redes sociales, un grupo de WhatsApp o incluso una reunión de trabajo para comprobar que decir algo no garantiza que el otro lo entienda como esperamos. Los códigos visuales son sistemas de signos y símbolos que se utilizan para transmitir información, ideas o significados de manera visual. Estos códigos son una parte fundamental del lenguaje y son empleados en diversas disciplinas, incluyendo el diseño gráfico, la publicidad, el arte y la comunicación visual en general.
Después de muchos años trabajando en comunicación – aun desde la época de estudiante de Diseño de Comunicación Visual – he llegado a una conclusión que parece sencilla, pero que explica buena parte de los problemas comunicativos de nuestro tiempo: la comunicación siempre depende de dos elementos inseparables, el código y el contexto. Durante décadas se nos enseñó que el código era el corazón de la comunicación. Aprendimos que compartir un idioma, unos signos o unos símbolos era suficiente para intercambiar información. En teoría, si emisor y receptor dominaban el mismo código, el mensaje llegaría sin dificultades. La práctica demuestra otra cosa. Podemos hablar el mismo idioma y entender cosas completamente distintas. Podemos utilizar las mismas palabras y provocar emociones opuestas. Incluso podemos compartir una cultura y, aun así, interpretar un mensaje de manera diferente.
¿Por qué ocurre esto?
Porque las palabras nunca transitan solas. Siempre llegan acompañadas de un contexto. El contexto está formado por la historia personal, la cultura, las experiencias, las emociones, el momento social, la plataforma donde se publica el mensaje e incluso el estado de ánimo de quien lo recibe. Todo eso influye en la interpretación.
Pensemos en una frase tan simple como “tenemos que hablar”. Pronunciada entre dos amigos puede ser una invitación a conversar. En una pareja puede generar preocupación. En una oficina puede anunciar un cambio laboral. Las palabras son exactamente las mismas; lo que cambia es el contexto.
En la era digital esta realidad se ha vuelto todavía más evidente. Las redes sociales han reducido el espacio para explicar, mientras aumentan la velocidad para interpretar. Un comentario escrito sin intención ofensiva puede convertirse en una crisis reputacional. Un titular fuera de contexto puede desinformar a miles de personas antes de que aparezca la aclaración. Una fotografía puede adquirir significados completamente distintos dependiendo de quién la publique y del momento en que circule. La inteligencia artificial también ha puesto este tema sobre la mesa. Los modelos de lenguaje son extraordinarios procesando códigos. Reconocen patrones, organizan información y producen textos con gran fluidez. Sin embargo, el verdadero desafío sigue siendo comprender el contexto humano: las ironías, los silencios, las referencias culturales, las emociones y las intenciones que rara vez aparecen de forma explícita. Por eso, lejos de reemplazar al comunicador, la inteligencia artificial nos recuerda el valor del criterio humano. La tecnología puede ayudarnos a construir mensajes; la sensibilidad para entender cuándo, cómo y para quién comunicar continúa siendo una competencia profundamente humana. En las organizaciones sucede exactamente lo mismo. Muchas instituciones invierten grandes recursos en mejorar sus canales de comunicación corporativa e institucional, renovar su imagen o fortalecer su presencia digital en las redes. Sin embargo, olvidan preguntarse si realmente conocen el contexto de sus públicos. No basta con emitir mensajes técnicamente correctos.
Es necesario comprender las expectativas, los temores, las necesidades y las conversaciones que ya existen en la mente de quienes nos escuchan. Comunicar no consiste únicamente en hablar bien. Consiste, sobre todo, en comprender antes de ser comprendidos. Quizá esa sea una de las grandes lecciones de nuestro tiempo. En una sociedad saturada de información, el éxito de la comunicación ya no depende exclusivamente de construir mejores mensajes, sino de interpretar mejor los escenarios donde esos mensajes cobran sentido. El código sigue siendo importante. Es la estructura del mensaje. Es el lenguaje que compartimos. Pero el contexto es el que le da vida. Cuando ambos se encuentran, la comunicación ocurre. Cuando uno de ellos falta, aparecen la confusión, la desinformación y el conflicto.
En definitiva, el mayor desafío de quienes comunicamos hoy no es aprender nuevas palabras, sino desarrollar una mayor capacidad para leer el mundo que rodea esas palabras. Porque comunicar nunca ha sido solamente transmitir información; ha sido, y seguirá siendo, el ejercicio permanente de construir significado entre personas.
La autora es decana de la
Facultad de Artes y Comunicación de la Universidad APEC