Apreciado lector, le aclaramos que Friedrich Nietzsche y René Descartes no fueron contemporáneos, todo lo contrario. Descartes nació dos siglos antes, 31 de marzo 1596 en Haye, Francia, y murió por neumonía el 11 de febrero 1650, en Estocolmo, Suecia. Nietzsche nació 15 de octubre 1844, en Rocken, Prusia, actual Alemania, y murió 25 de agosto 1900, en Welmar, Alemania.
Sin embargo, vamos a relacionarlos por un tema que ambos trataron. Nos referimos a la duda, aunque la motivación para hacerlo era completamente diferente.
Por ejemplo, en el caso de Descartes, en su libro “El discurso del método”, publicado en 1637, usaba la duda como un método para encontrar una verdad, de la cual no quedase ninguna duda razonable.
Mientras Nietzsche usaba la duda con el objetivo principal de lograr que los creyentes negaran la existencia de Dios, como lo asegura en su libro: “Así habló Zaratustra”, publicado entre 1883y 1885, porque está dividido en cuatro partes.
El asunto es que Nietzsche aseguró en esa publicación que prácticamente lo único que le hacía sentirse que moriría de la risa era cuando comprobaba que muchísimos creyentes habían dejado de creer, al dudar de la existencia de Dios, precisamente por sus escritos en ese libro.
Veamos ahora algo del mal carácter de Nietzsche, al expresarse de Sócrates en su libro “El ocaso de los ídolos”, publicado en 1889: «Sócrates era plebe. Sabido es, y aún hoy se puede ver, cuan feo era. No olvidemos tampoco aquellas alucinaciones del oído, que fueron interpretadas como el «Demonio de Sócrates». Todo en él era exagerado, bufo, caricatura, todo era al mismo tiempo oculto, colmado de equívocos subterráneos».
Por lo que hemos visto hasta ahora, no debe sorprendernos lo que él escribió en su libro titulado “Ecce Homo”, el cual lo finalizó en 1888, pero fue publicado en 1908, debido a una causa sumamente penosa, que quien esto escribe por respeto a él no la compartirá con usted.
En ese libro, entre otras cosas, dice lo siguiente: «Dios», «inmortalidad del alma», «Redención», «Más allá», todos esos son conceptos a los que no he dedicado ninguna atención, tampoco ningún tiempo, ni siquiera cuando era niño. ¿Acaso no he sido nunca bastante pueril para hacerlo? El ateísmo yo no lo conozco en absoluto como un resultado, menos aún como un acontecimiento, en mí se da por supuesto instintivamente. Soy demasiado curioso, demasiado problemático, demasiado altanero para que me agrade una respuesta burda. Dios es una respuesta burda. Una indelicadeza contra nosotros los pensadores».
Está comprobado que la risa auténtica es maravillosa y que incluso puede darnos la sensación de sentirnos hermosos, como nos dice la Biblia: «El corazón alegre hermosea el rostro, mas por el dolor del corazón el espíritu se abate». (Proverbios 15:13).
Entonces tomando como base que el corazón = cerebro, con una alegría auténtica siente que su rostro está hermoso, y como no tenemos en ninguno de sus escritos prácticamente algún dato que nos diga que Nietzsche estuviese alegre y con una risa auténtica, sino todo lo contrario, con mal carácter, gran irritabilidad, lo cual queda demostrado en su libro “La genealogía de la moral”, con las duras y crueles palabras que usa para referirse a su madre y a su hermana. Veamos: “Cuando busco la antítesis más profunda de mí mismo. La incalculable vulgaridad de los instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana. El trato que me dan mi madre y mi hermana hasta este momento, me inspira un horror indecible; aquí trabaja una máquina infernal, que conoce con seguridad infalible el instante en que se me puede herir cruentamente _en mis instantes supremos_ pues entonces falta toda fuente para defenderse contra gusanos venenosos».

Friedrich Nietzsche, filósofo alemán.EXTERNA
Cuando estaba escribiendo se sentía sin fuerzas para defenderse, entonces debemos deducir con toda seguridad que su deseo era haber tenido fuerzas para aplastarlas, debido a que las consideraba gusanos venenosos, que además estaban dotadas de actitudes diabólicas, una máquina infernal.
Así que, como queda clara la irritabilidad y agresividad de Nietzsche, con prácticamente ausencia de alegría, y recordando que él no tuvo ningún reparo en burlarse de la supuesta fealdad de Sócrates…entonces nosotros podemos afirmar: ¡Qué feo era Nietzche!
Para apoyar esa afirmación que podría parecer temeraria, vamos a ofrecer la propia definición que él hace sobre la fealdad: «Nada es más feo que el hombre cuando degenera, lo feo es entendido como un indicio y un síntoma de degeneración, lo que recuerda en lo más mínimo la degeneración, produce en nosotros el juicio de fealdad».
Para sorpresa suya, Nietzsche le dirá ahora lo que le hace desternillarse de la risa. Veamos: «Pero a mí el corazón se me retorcía de la risa, y quería explotar. Y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma. En verdad ésta llegará a ser mi muerte. Asfixiarme de risa al ver asnos ebrios, y al oír vigilantes nocturnos dudar de Dios».
Debemos, aunque se nos tilde de cínicos, «quitarnos el sombrero» de manera respetuosa ante Nietzsche, debido a que su «siembra de dudas” es innegable que le ha dado sus frutos. Y por esa razón desde la década de los sesenta del siglo pasado se ha ido imponiendo una mayor secularización a nivel mundial.
Es innegable que la población occidental tiene un marcado escepticismo en relación al cristianismo. Y le damos el mayor mérito a Nietzsche, porque aunque es cierto que otros filósofos han tenido planteamientos parecidos o similares, también es cierto que ninguno ha alcanzado la genialidad y la estatura intelectual de Nietzsche.
Así por ejemplo, Voltaire planteaba en su obra “Tratado sobre la tolerancia” (1763), la erradicación del cristianismo, pero sólo del mundo de la cultura superior, y dejándolo como una forma de dominio de parte del estado.
Jhon Stuart Mill mantenía más o menos lo mismo en su obra “Tres ensayos sobre la religión” (1874). Él rechazaba el cristianismo, pero creía que la religión era útil para el equilibrio del estado.
De Sigmund Freud diremos que nos decepciona porque en ese tema en realidad solo es un periquito repetidor de Nietzsche en sus libros, pues adolece de la sutileza y donaire del filósofo alemán.
Y en especial como todo copista, le falta la originalidad y autenticidad, la cual trata de disfrazar con una careta de humildad, diciéndonos lo siguiente: «Además no he dicho nada, que antes no haya sido ya sostenido más acabadamente y con mayor fuerza por otros hombres mejores que yo. La sola novedad de mi exposición es haber agregado a las críticas de mis grandes predecesores cierta base psicológica».
Ahí refiere con marcado histrionismo, que su aporte o novedad es haber añadido «cierta base psicológica». Y debemos preguntarnos ¿Cual base psicológica? Y la respuesta en ninguna. Porque ya sabemos que toda la palabrería usada por él es «robada » de la filosofía de Nietzsche y de otros, de la misma manera que hizo con su libro más famoso “La interpretación de los sueños” (1900).
Esa obra tiene como base la interpretación que hace José de los sueños, contenida en los capítulos 40 y 41 del libro de Génesis de la Biblia. Aunque Daniel también hizo interpretaciones de sueños, esas no las usó, porque son más difíciles de comprender.
Nietzsche se refirió a unos sueños que tuvo y que no pudo descifrar o interpretar en su libro “Así habló Zaratustra”.
Conclusión: Muy respetuosamente les recomendamos a los creyentes que, como el asunto de la duda es algo muy conflictivo, lo mejor es no entrar en discusiones estériles con los ateos, porque podría ocurrir lo que describe el escritor Khalil Gibran en su obra “El loco”, en el apartado: Los dos eruditos . Veamos: «Vivían en la antigua ciudad de Afkar dos eruditos que odiaban y despreciaban cada uno el saber del otro, porque uno de ellos negaba que los dioses existieran, y el otro era creyente. Un día, ambos se encontraron en el mercado, y en medio de sus partidarios empezaron a discutir acerca de la existencia, o de la no existencia de los dioses, y separándose tras horas de acalorada disputa.
Aquella noche, el incrédulo fue al templo y se postró ante el altar y pidió a los dioses que perdonaran su antigua impiedad. Y a la misma hora, el otro erudito, el que había defendido la existencia de los dioses, quemó todos sus libros sagrados, pues se había convertido en incrédulo».
Así que le reiteramos: No entre en discusiones estériles con los ateos. Y sea su fe la que hable por usted.
Uno de los amigos de quien esto escribe es un ateo furibundo. Él no respeta mis creencias. Y aprovecha cualquier oportunidad para usando un cinismo fino, burlarse de mi fe. Sin embargo, yo respeto su ateísmo y seguimos siendo buenos amigos, a lo que se añade que cuando lo he necesitado _ es un excelente médico _ ha respondido positivamente.
El autor es psiquiatra y general (R) del Ejército