A Madrid siempre se vuelve. El de Úbeda lo hace por Atocha, los de aquel lado del charco lo hacemos por Barajas, pero da igual, cada quien vuelve como puede y cuando puede… pero vuelve.
La ciudad ya no es la misma que fue hace 25 años, pero no hay por qué sorprenderse, ninguna ciudad lo sigue siendo mientras el tiempo le pasa por encima. La ciudad se queda inmóvil en el recuerdo, congeladas en el tiempo se encuentran todas la historias vividas, las experiencias compartidas, las tardes de invierno o los anocheceres de verano.
Todo eso dejó de ser, como la imagen del barrio que teníamos fijada en la memoria, o las conversaciones que sosteníamos con la verdulera, el carnicero, el pescadero o con el panadero; seres de carne y hueso que hacían vida en Malasaña o Salamanca, aunque fueran personajes diferentes; porque en cada barrio, de poca estampa o mucha alcurnia, estaban esos mismos personajes ahí, y sólo cambiaban los nombres.
Y es que, la historia de todas las ciudades es la suma de las pequeñas historias de las gentes que viven en ellas, así de simple. Luego vino lo de cómo la aldea global se fue achicando, al punto de todo cruzarse y entremezclarse; no sólo razas, variantes del mismo idioma, mañas, deudas históricas o resentimientos ancestrales; sino también, ahora –a partes iguales–, corruptos chavistas y antichavistas, y cientos de miles de venezolanos decentes que intentan sobrevivir dignamente; colombianos que huyen o que hacen huir; bolivianos; ecuatorianos; dominicanos; y una pléyade de nacionalidades que intentan hacer vida en una ciudad gestionada como si esa realidad no ocurriera.
Mientras, los pequeños negocios de los barrios desaparecen. Mueren bares, tascas, obradores, restaurantes, mesones… todo lo que representaba la vida misma en cada barrio desaparece arrasado por franquicias, marcas internacionales, hipermercados… La paradoja de la globalización es esa: el precio a pagar por atraer turistas, es la concentración de capitales sobre la base de economías de escala.
No hay forma de competir así, no digamos ya, de sobrevivir. Toda la ciudad deja de ser un espacio vivo donde vive gente viva; familias con niños que hacen vida social junto a otras más, para convertirse en una cuidad museo; en un gigantesco parque de atracciones donde la experiencia es un objeto de consumo.
Barcelona cayó; lo de Venecia da ganas de llorar (París no, esos son franceses, poco importa); y, en ese espejo debemos de mirarnos nosotros también.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a abrirnos, con tal de ganar dinero, asumiendo el riesgo de dejar de ser nosotros? ¿Perdimos la Ciudad Colonial ya? ¿Es una ciudad experiencia o es una ciudad viva con gente dentro? ¿Las ciudades son una aglomeración de estructuras o las ciudades las hacen la gente que vive en ellas?
Doy otra vuelta al barrio, 25 años después, no conozco a nadie… Quizás, el más local de todos sea yo.