Como señala Nassef Perdomo, la verdad viene después del “pero”. Vivimos un momento de transición hacia quién sabe dónde, en el que la capacidad de atención y retentiva se reduce a escasos segundos; realidad potenciada por la hiper saturación de contenidos en redes, y exacerbada por la pandemia.
Algoritmos, redes, fake news, influencers, videos, reels, tuits, –etc.– han hecho que la prensa tradicional se haya visto en la necesidad vital de reinventarse para poder sobrevivir en una era donde cualquiera –con un teléfono y un paquetico– puede hacer de reportero, noticiero, perito forense, comentarista, etc.; pero también, porque al nivel de atención caer y la oferta de información masificarse hasta el infinito, aquello de publicar en papel informaciones que ya vienen con un descalce temporal de varias horas, parecería que carece de sentido… pero no.
Al final, detrás de cada periódico formal (y también, muchos periódicos digitales altamente responsables), hay periodistas formados en academias y en la práctica, de ahí que la prensa formal sigue siendo una fuente de información fidedigna y rigurosa que sirve un contenido validado, constatado y construido sobre la base de técnicas, principios y criterios que llevan décadas perfeccionándose.
Por eso, no deja de ser contradictorio cómo el gobierno priorizó cuasi exclusivamente servirse de medios digitales alternativos de escasa visibilidad y de influencers y comunicadores digitales para posicionar sus informaciones desde el mismo agosto de 2020, relegando a un segundo plano a la prensa formal; ninguneándola y tratándola con la misma condescendencia y manejo que se le da a un espécimen antiguo de un museo, con miedo a romperlo de lo viejo que está.
Esta actitud gubernamental –que fue política exclusiva de este gobierno– se tradujo en exclusiones a coberturas, dando primicias y exclusivas a los creadores de contenidos favoritos, lo cual está bien y es legítimo, pues cada gobierno formula la política de comunicación que entienda conveniente y coloca sus anuncios en donde entienda que es eficiente, no donde la tradición o las prácticas del siglo pasado decían que era [también] necesario hacerlo. Por ello resulta irónico, al echarse la paloma, ver toda una pléyade de funcionarios de todos los niveles que procuran espacios en columnas de periódicos tradicionales, para publicar su opinión y dejarse ver; pues resulta que para colocar publicidad, dar primicias, caer en gracia y ser graciosos, resultaban estratégicos los periódicos digitales de la periferia virtual, (muchos de los cuales regurgitan contenidos de la prensa formal); pero, para fijar una posición, expresar una opinión, o simplemente para que el presidente los lea, resulta conveniente –“y hasta imprescindible”– publicar físicamente en uno de los periódicos “moribundos” que tantas veces denostaron y ningunearon desde sus posiciones.
Y lo hacen porque reconocen que la credibilidad comienza por la rigurosidad… Y lo hacen sin que se les caigan las caras de vergüenza.