Si Aristóteles conversara con un político dominicano, ¿se sentiría este último cómodo? Difícil saberlo. El filósofo sostenía que no todos estaban igualmente preparados para gobernar y desconfiaba de la democracia cuando degeneraba en demagogia. Hasta ahí, quizá más de un dirigente asentiría complacido, convencido de que había nacido para mandar mientras los demás debían limitarse a obedecer.
Pero la conversación cambiaría pronto de rumbo. Aristóteles le recordaría que el poder no pertenece al gobernante, sino al bien común. La autoridad solo es legítima cuando quien la ejerce posee prudencia, justicia y virtud. Sin ellas, el mando degenera en autoritarismo y caos, aunque haya nacido de las urnas.
Ahí aparece una de las paradojas de nuestra cultura política. Muchos dirigentes se muestran profundamente democráticos para conquistar el voto, pero sorprendentemente arbitrarios al ejercer el poder. Solicitan el respaldo ciudadano con humildad y, una vez elegidos, parecen considerar que la voluntad popular les confiere una superioridad que los dispensa de rendir cuentas. La ley deja de verse como límite y comienza a percibirse como un obstáculo.
Nuestro pensador griego difícilmente comprendería otras prácticas demasiado frecuentes: la confusión entre el patrimonio público y el privado, la impunidad frente al enriquecimiento ilícito y la pretensión de situarse por encima de la justicia y del fisco. Y esa es su lección más incómoda. El problema nunca fue quién gobierna, sino para qué y cómo. La autoridad no se mide por la capacidad de imponer decisiones, sino por la disposición a someterlas a la ley, a la razón y al bien común.
Por eso me inscribo dentro de la línea de los que motivan la práctica común del presidente Luis Abinader de concertar cada acción que emprende el gobierno, de informar cada decisión, de rendir cuentas de todas las iniciativas y de descontinuarlas cuando nos damos cuenta de que no posee el respaldo mayoritario de la sociedad. Positivo legado para los futuros mandatarios reconocería el Estagirita.
Para Aristóteles quizás nuestro país necesite menos personas obsesionadas con alcanzar el poder sin el debido discernimiento de lo que esto implica y más políticos conscientes de que gobernar no es simplemente ejercer el mando e imponer su voluntad: es la delicada responsabilidad de servir con vocación, preparación y humildad.